VII. DÍA DE LA PAZ

En estos tiempos convulsos en que la sociedad internacional se debate entre la guerra y la paz, entre la violencia y otros males que persiguen a la humanidad, es reconfortante leer que el dirigente mundial de la iglesia católica, el Papa Francisco, ha participado una vez más en las Jornadas de la Paz, que se celebran el 1º de enero de cada año en la ciudad del Vaticano. Estas se iniciaron durante el periodo del Papa Pablo VI en 1968 y en el inicio del presente año se llevó a cabo la LI reunión.

Los mensajes papales vienen a unirse y a reforzar los esfuerzos que se realizan en diferentes organismos internacionales, en particular en el ámbito de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). ¿Quién no quiere la paz?

Un ejemplo de lo anterior lo constituye la encíclica “Pacem in Terris” (1963), del líder mundial del catolicismo, el Papa Juan XXIII, en cuya introducción se asienta lo siguiente: “La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios…” [1]

 Como antes se dijo, en esa misma dirección apunta la decisión del Papa Pablo VI, de declarar el 1º de enero de cada año, como el “Día de la Paz”, empezando en 1968. Al inicio del mensaje del líder espiritual se dice:

“Nos pensamos que esta propuesta interpreta las aspiraciones de los Pueblos, de sus Gobernantes, de las Entidades internacionales que intentan conservar la Paz en el mundo, de las Instituciones religiosas tan interesadas en promover la Paz, de los Movimientos culturales, políticos y sociales que hacen de la Paz su ideal, de la Juventud –en quien es más viva la perspicacia de los nuevos caminos de la civilización, necesariamente orientados hacia un pacífico desarrollo-, de los hombres sabios que ven cuán necesaria sea hoy la Paz y el mismo tiempo cuán amenazada.” [2]

Mensaje del Papa Francisco durante la celebración de la 51 Jornada Mundial de la Paz, 1º de enero de 2018.
Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz.

Un deseo de paz:
Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad, es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración. De entre ellos quisiera recordar a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, «son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz». Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino. Con espíritu de misericordia, abrazamos a todos los que huyen de la guerra y del hambre, o que se ven obligados a abandonar su tierra a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza y la degradación ambiental.” [3]

Los momentos actuales son oportunos para reiterar que, la diplomacia, debe de estar al servicio de la paz, como una forma sublime de comunicación, de diálogo y de convivencia humana. Debemos de apelar a las buenas conciencias, para que dicho concepto llegue a formar parte de nuestra cultura y para que se constituya en un mandamiento que guíe las acciones cotidianas de gobernantes, dirigentes o líderes, que tienen la responsabilidad de conducir a la humanidad por los mejores senderos.

 Asimismo, se debe trabajar sin descanso, para tratar de alcanzar el desarrollo a que tienen derecho todos los pueblos del mundo; lo cual debería de redundar en un reforzamiento de los diversos trabajos a favor de la paz mundial. Por otra parte, a la luz de acontecimientos bélicos recientes, cabría cuestionarnos si no estaremos pretendiendo una ilusión, o si la paz y el desarrollo compartido, son solamente una utopía.

 Otros elementos que ayudan a reforzar los conceptos de la paz.

Los profesionales de la diplomacia, no debemos soslayar la importancia que representa el hecho de que la negociación de buena fe -esencia de nuestro trabajo-, sea dejada de lado repetidamente, para dar paso a las acciones belicistas. Sobre el particular, viene al caso mencionar que el holandés Hugo Grocio, uno de los fundadores del derecho internacional, recomendaba a gobernantes, reyes y combatientes, la observancia del concepto “buena fe”, así fuera durante una contienda y sobre todo, en el camino del mantenimiento de la paz, una vez terminada la guerra. Entre otras razones, aseguraba que si se preserva la buena fe, se mantiene también viva la esperanza de alcanzar la paz.

El mismo Grocio cita a otros pensadores: “La buena fe en el lenguaje de Cicerón, no es solamente el motivo principal por el cual todos los gobiernos están moral o legalmente atados; sino que es la clave por la cual la mayor sociedad de naciones está unida.” [4]

“La observancia de la buena fe es un asunto de conciencia –sigue diciendo Hugo Grocio-, para toda clase de reyes o príncipes legítimos y constituye la base para preservar el honor y la dignidad ante otras naciones soberanas.” [5]

 La literatura mundial está plena de obras que narran batallas épicas, que han dado origen a múltiples mitos, cuentos, películas y análisis de todo tipo. De igual manera, los textos jurídicos, de derecho internacional, derecho diplomático y derecho de los tratados, entre otros, consignan textos de tratados, convenios, o pactos, en los cuales se asientan las condiciones de la terminación de un conflicto y se expresan loables deseos de vivir en paz.

Uno de los tratados de paz más antiguos es el que firmaron el Faraón egipcio Ramsés II y el Emperador de Babilonia, Hattusilis, en el año 1278 a.d.C. a través de dicho instrumento, ambos gobernantes se comprometieron a no atacar militarmente a la otra parte. Otros tratados famosos como el de la llamada “Paz de Westfalia, de 1648”, puso fin a la llamada “Guerra de Treinta Años”, entre Alemania y Francia por una parte y, entre los germanos y Suecia por la otra; la “Paz de Aquisgrán” de 1748, que puso fin a la guerra de sucesión austriaca. [6]

Asimismo, el Tratado de Versalles (Tratado de Paz con Alemania) de 1919, con el cual se da fin a la Primera Guerra Mundial y se crea la Sociedad de Naciones; Tratados de Paz después de la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1945 y la Carta de San Francisco, en virtud de la cual se crea la actual Organización de las Naciones Unidas (ONU). [7]

Derivado de lo anterior, se puede asegurar que en el transcurso de la historia, se han firmado un número importante de dichos instrumentos de paz; sin embargo, ésta se interrumpe en el momento en que la intolerancia, la prepotencia y la falta de respeto a los derechos de los demás hacen su aparición. León Tolstoi nos regaló su excelsa novela titulada: “Guerra y Paz”, ubicada en los albores del Siglo XIX, en territorio de la Rusia zarista, cuya nación luchaba contra el ejército invasor de Napoleón Bonaparte.

En dicha obra, Tolstoi describe la guerra con realismo y la encuentra condenable desde el punto de vista ético, aunque expresa su resignación, al reconocer que existe “como una fuerza que gobierna el destino de hombres y naciones.” [8] En su análisis sobre los conceptos de “guerra” y “paz”, el autor afirma que el ser humano está dotado de razón y que puede muy bien discriminar entre el bien y el mal. En algún momento de sus reflexiones expuestas en la novela, Tolstoi parece contradecirse al decir que “la guerra es necesaria”, pero también asegura que “es mala, que debe de erradicarse y que es deber de los hombres rechazarla”. Dicha forma de pensar queda condensada en el siguiente párrafo: “La lucha del pueblo ruso contra el invasor fue justa, se trataba de una guerra defensiva para proteger su territorio de la rapiña…” [9]

 En obras posteriores del mismo Tolstoi, se condena sin vacilación toda acción bélica y se expresa que no existen suficientes argumentos para defenderla. Dichas actitudes pacifistas se confirman en su ensayo titulado: “The Kingdom of God and Peace”; así como en el libro “On Civil Disobedience and non-violence”. En la Tercera Parte de “Guerra y Paz”, el autor efectúa una detallada -y por momentos bella- descripción de la famosa “Batalla de Borodino”, a la llegada del ejército francés a Moscú, la cual vino a enfrentar a Napoleón Bonaparte y al General Kutuzoff. En este capítulo Tolstoi reflexiona sobre la fortaleza de los ejércitos y sobre la posible existencia de la “ciencia militar”, ya que –hablando a través de uno de sus personajes- afirma que el “factor moral” es fundamental en toda guerra, que no puede medirse y que no está sujeto a leyes. [10]

No podemos dejar de mencionar como milagros de la creación, el origen del Planeta Tierra y desde luego, la aparición del ser humano. Pero al mismo tiempo, tendríamos qué señalar que su evolución no ha sido armoniosa y mucho menos, se ha logrado una conjunción con la madre naturaleza.

Al respecto, el británico Joseph Rotblat, Premio Nóbel de Paz 1955, opinaba que la historia de la humanidad está plagada de acciones que presentan sentimientos encontrados: unas plenas de amor y otras de odio y, algunas más, como paz y violencia, o bien, construcción y destrucción. Según dicho pacifista, el crecimiento poblacional descontrolado ha violentado el proceso natural y en la búsqueda desenfrenada para lograr los satisfactores necesarios para subsistir, se ha agudizado el ingenio, a través de avances científicos y tecnológicos; cuyos beneficios por desgracia, no están al alcance de todos. Inclusive, en múltiples ocasiones, ciertos inventos han sido empleados para fines hegemónicos, para imponer criterios, formas de pensar, o modelos de vida. O simplemente, para la destrucción. Al respecto, se puede agregar lo dicho por otro pensador en el sentido de que en muchas ocasiones: “El hombre es el lobo del hombre”. [11]

En los albores del presente siglo, vislumbrábamos un futuro que nos permitiera restañar las profundas heridas de las cruentas y destructivas guerras que tuvieron lugar durante el Siglo XX. ¿Cómo se puede olvidar el horripilante holocausto sufrido por la nación judía? Y, ¿Qué decir de los otros millones de seres humanos que perdieron la vida durante las dos guerras mundiales? Del mismo modo, la destrucción material de las ciudades y del patrimonio cultural y científico, ¿Acaso fueron pérdidas pasajeras?

El empleo en el pasado de las mortíferas bombas atómicas y la posibilidad de hacer uso de otras armas con mayor poder destructivo, no son elementos alentadores de una paz firme y duradera. En este sentido podríamos parafrasear la siguiente expresión: “Quien no aprende de la historia, está condenado a volverla a vivir…”

 Ante la violencia como método para resolver las diferencias y las situaciones conflictivas, no debemos de permanecer callados. Debemos de insistir en que siempre se deben de buscar fórmulas para la solución pacífica de las controversias y adaptarlas a cada situación particular. Uno de los principales anhelos de la humanidad es poder vivir en paz, pero la solidez de la misma, estará sustentada en el respeto a los derechos de los demás, en la tolerancia y en la cooperación; tratando de lograr un desarrollo equilibrado, que permita a todos los pueblos del mundo contar con la seguridad de poder llevar una vida digna, como una forma de respetar uno de los derechos universales del hombre. Desgraciadamente, la civilización actual y todo el bagaje cultural que le precede, están en peligro de desaparecer ante actitudes que merecerían los peores calificativos.

 Como ya se ha comentado, la literatura mundial está plagada de numerosos mensajes de paz que nos han legado muchos pensadores, filósofos, sociólogos, politólogos, líderes políticos y religiosos, cuya lista de nombres, obras y pensamientos, sería interminable. De todas maneras, no podemos omitir opiniones que aseguran que el género humano se distingue de otros seres, por cultivar sentimientos y acciones encontrados, que van del amor al odio, de la construcción a la destrucción y de la paz a la guerra. En descargo de lo anterior, viene al caso citar a Juan Jacobo Rousseau, quien afirmaba: “El hombre no nace malo, el medio lo transforma”.

A riesgo de parecer reiterativo, debemos de reconocer que, desde que el hombre se agrupó en clanes, tribus, naciones, países o estados, han surgido conflictos de intereses. El comportamiento del individuo ha sido estudiado desde diferentes perspectivas, inclusive, a través de sus genes se han buscado posibles causas y respuestas a determinadas acciones. De igual manera, se han llevado a cabo importantes análisis del comportamiento colectivo; es decir, sobre las sociedades humanas, agrupadas en pueblos o naciones.

En ciertos momentos, idealistas como Emmanuel Kant -quien elaboró en 1794 un tratado para “La Paz Perpétua”-, han llegado a vislumbrar la posibilidad de adoptar el concepto de “aldea global”; e inclusive, la creación de un Estado Universal. El filósofo alemán arriba citado sostenía lo siguiente: “Es necesaria una Constitución que garantice la mayor libertad humana, según las leyes que permiten a cada uno coexistir con las libertades de los otros. Solo una sociedad civil que haga valer universalmente el derecho, puede garantizar la paz.” [12]

Entre lo que Kant llamó “Bases Definitivas para la Paz Perpetua entre los Estados”, aseguraba que en todo Estado, la constitución política debe ser republicana, que el derecho de gentes se debe basar en una federación de Estados independientes y que debe asegurarse el derecho de “ciudadanía mundial.” En este mismo sentido, Sigmund Freud envió -septiembre de 1932-, una carta personal a su amigo Albert Einstein, en la que le hace partícipe de la siguiente reflexión:

“Una prevención segura de la guerra solo es posible si los hombres se unen para la instauración de un poder central encargado de arbitrar todos los conflictos de intereses. Aquí se combinan evidentemente dos condiciones: que se cree una suprema instancia de este tipo, y que se le confiera el poder necesario. Una sola de las dos no serviría. Ahora, la Sociedad de Naciones es considerada como la instancia arbitral, pero la otra condición no se ha llenado; la Sociedad de Naciones no tiene un poder propio y puede obtenerlo únicamente si los miembros de la nueva unión, los Estados particulares, se lo ceden.” [13]

Como se puede observar, la humanidad está preocupada por alcanzar una paz duradera, lo que se demuestra en una participación creciente de un número muy importante de agrupaciones de diferentes tipos: Algunos órganos de las Naciones Unidas y Organizaciones no Gubernamentales (ONG’s); así como las iglesias, representando distintas religiones. Para finalizar, compartamos un hermoso pensamiento, que forma parte del Acta Constitutiva de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO):

“PUESTO QUE LAS GUERRAS NACEN EN LA MENTE DE LOS HOMBRES, ES EN LA MENTE DE LOS HOMBRES DONDE DEBEN ORIGINARSE LOS BALUARTES DE LA PAZ”.


  1. Mensajes de Paz. www.vatican.va/holy.com/
  2. Jornada de la Paz, 1968. www.vatican.va/holy.com/
  3. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/peace/documents/papa-francesco_20171113_messaggio-51giornatamondiale-pace2018.html#_ftn2
  4. Hugo Grotius, The Rigths of War and Peace, Editor M. Walter Dunne, Washington & London, 1901, pp- 417-418. Traducción libre al español por parte del editor.
  5. Ídem
  6. Edmund Jan Osmañczyk, Enciclopedia Mundial de Relaciones Internacionales y Naciones Unidas, Ed. Fondo de Cultura Económica, México-Madrid-Buenos Aires, 1976, pp. 868-870
  7. Ibídem, p. 809
  8. Aníbal Romero, Tiempos de Conflicto. Ensayos Político-Estratégicos. Ed. Asociación Política Internacional, Venezuela, 1986, p. 18
  9. Ibídem, pp. 18-19 7 León Tolstoi, Guerra y Paz. Edimat Libros, S. A. España, 2000, pp. 469-470
  10. León Tolstoi, Guerra y Paz. Edimat Libros, S. A. España, 2000, pp. 469-470
  11. Palabras de Paz. Discursos Premios Nóbel. Ed. Corporación Andina de Fomento-Corporación Latinoamericana Misión Rural-Fundación Bigot. Bogotá, Colombia, 2002. p. 55
  12. Palabras de Paz, op.cit. p. 83, citado por Mijail S. Gorbachov, Premio Nóbel de Paz 1990.
  13. Una Nueva Visión. La Promesa de Paz Mundial. Eco. Ecología y Unidad Mundial. www.paradigma.cl.gobierno/

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