V. HABLANDO DE MUROS

Me imagino que la mayoría de los lectores deben estar ya saturados de información relativa a Trump, al muro, al pago de éste y a la pesadilla de su visita a México. Sé que la rabia nos invade con sólo ver o escuchar su nombre, estoy consciente de la unánime irritación que entre nosotros a causado con sus promesas de campaña. Así que me interno en territorio pantanoso cuando pretendo ponderar la viabilidad de dichas promesas, tal vez sólo logre enemistar a mis escasos lectores, pero creo firmemente que hace falta hacerle la disección a las descabelladas declaraciones, por lo menos aquellas que se refieren a nosotros los mexicanos.

Mi propósito en esta ocasión es dejar constancia de que se trata de ocurrencias de campaña, tal vez mejor definidas como una vacilada. Lo que se buscaba con sus absurdas propuestas era simplemente irritar, sin fundamentarlas ni menos aún justificarlas. La provocación al prometer construir un muro a la largo de la frontera es su único propósito y ello debiera ser evidente, máxime cuando habla de que México tendría que cubrir el costo de la construcción. Trump deseaba provocar enojo y lo ha logrado, no hay mexicano que no sueñe con enfrentarse al candidato ese y recordarle a gritos a su progenitora.

Pero las promesas de campaña no son más que eso, anuncios de acciones hipotéticas sin ninguna intención real de realización, incluso en ocasiones, como esta, sin ninguna posibilidad real de cumplimiento. Habría que separar la estridencia, la abierta provocación, de aquello que constituiría –y constituye- un peligro real.

¿Realmente existe alguna posibilidad de que cumpliera con esa promesa, o aquella otra de deportar a millones de personas?

Empecemos por hacer abstracción de los hechos. De nada sirve montar en cólera antes de siquiera examinar la situación. ¿Podría Trump, en caso de ganar la contienda electoral, construir el mítico muro? Sostengo que no por diversas razones. Primero las hay netamente políticas, como el hecho de que aquellos que toman decisiones en la vecina nación guardan un claro recuerdo del odiado “Muro de Berlín”. Fue un presidente republicano, verdadero ícono de los afiliados a ese partido, Ronald Reagan, quien pronunció aquellas históricas palabras en Berlin: “Mr. Gorbachov, tear up this wall”. ¿Cómo podría justificar tan dramático cambio de rumbo?

También hondamente arraigada en la memoria de los norteamericanos permanece la emblemática “Cortina de Hierro”. Incluso está ahí presente aún la barrera construida a lo largo del paralelo 38 en Corea, como símbolo de opresión, de falta de libertad. Creer que la idea de construir un muro en su frontera sur sería aceptable, es ignorar las lecciones de su propia historia.

De esa guisa, el primer obstáculo a superar sería la aprobación del legislativo, donde no solamente la oposición demócrata estaría en contra, sino incluso los mismos republicanos. En segundo lugar hay que recordar que, a diferencia del sistema mexicano, en EUA existen diversos regímenes de propiedad en la mismísima frontera. Hay territorios estatales, municipales e incluso de propiedad privada, amén de federales. Y no hay que olvidar que también hay áreas que forman parte de reservaciones de las ancestrales naciones indias. Por añadidura, existen áreas protegidas como santuarios de especies en peligro de extinción, hay parques nacionales, zonas reconocidas como hábitat natural de ciertas especies, etc.

Toda la rivera del Río Bravo es santuario de aves y sitio donde numerosa fauna acude a abrevar. En otras palabras, también por razones ambientales habría serios obstáculos que superar.

En otras palabras, de entrada habría innegables dificultades y prohibiciones tanto políticas como legales, del ámbito federal, estatal y hasta de la nación india. No puede un presidente tomar una decisión de esa trascendencia de forma caprichosa, arbitraria. Bien puede despotricar el candidato a voz en cuello que construirá un muro, pero de eso a que exista siquiera la posibilidad de que suceda hay un mundo de diferencia.

Y todavía no hemos hablado del costo. Ni siquiera se ha molestado Trump por tratar de explicar de dónde saldrían los inmensos recursos necesarios. Se limita a declarar muy campante que México pagaría todo. Es esto lo que probablemente más nos enfurece, pero más allá de declararnos la guerra, que no puede hacer sin aprobación del legislativo, no se percibe cómo podría forzar a una nación soberana a pagar una suma que constituye una buena parte del PIB. Ciertamente hay temor respecto de una intervención por el lado de las remesas, pero hay que entender que no es posible, legalmente, confiscarlas, y que los recursos legales para proteger esos patrimonios son incontables. El poder de un presidente no llega a esos extremos, estaría maniatado por las leyes. Más aún, si por un acto de magia lograra decomisar TODAS las remesas, éstas ascienden a menos de veinticinco mil millones de dólares, suficientes para costear unos cien kilómetros de muro, parte mínima de los tres mil kilómetros que constituyen la frontera. No, simplemente no podría, enojarnos porque diga lo que quiera decir es del todo inútil.

Igual nos enojamos y damos salida a nuestro coraje a base de insultos, tan inocuos como las promesas de Trump. Se cuenta que en alguna ocasión pidió Napoleón que se colocara un cañón en París apuntando al Vaticano y que empezara a disparar. Al señalarle que aquel gesto no causaría daño alguno a la Santa Sede, respondió que a él tampoco le afectaba la excomunión recientemente anunciada. Es simplemente una declaración con fines políticos.

Tampoco podría el candidato republicano deportar a millones de personas como amenaza hacer. Ni es posible localizar a todos los que han rebasado el lapso autorizado en su visa, ni hay capacidad para ir a tocar cada puerta de cada casa o departamento para exigir presentación de documentos. Crear una policía tipo Gestapo, compuesta de unos tres millones de elementos, que recorran cada ciudad, cada barrio, cada calle y cada edificio tocando cada puerta, es claramente utópico y además ilegal. Lo que sí ha logrado es que aceptemos que cualquier operación orientada a deportar a indocumentados se enfocaría en los mexicanos, pero ahí también caímos en una trampa. Casi la mitad de los indocumentados son de otras nacionalidades, muchos de ellos indetectables, como por ejemplo los cien mil canadienses que en un momento dado radican en EUA sin visa o con visa vencida.

Más aún, no es lo mismo indocumentado que deportable. El simplismo con que se enfocan esos temas revela ignorancia de las complejidades del sistema migratorio norteamericano. Hay multitud de casos de inmigrantes en espera de juicio de deportación que están autorizados a permanecer en territorio norteamericano sin visa ni permiso alguno, caso también de los indocumentados recientemente casados con norteamericano/a o aquellos que tienen hijos mayores de 21 años nacidos en EUA o próximos a cumplirlos.

Hay muchísimos casos de nacionalidades de trato especial a los que no se aplican las leyes regulares de migración, entre ellos los cubanos, cierta categoría de salvadoreños, nicaragüenses, vietnamitas, etc.

Pero nos indignamos cuando lanza sus absurdas amenazas y le hacemos el juego al reservarle los encabezados. Eso quiere Trump. Convencido de que no hay mala publicidad, provoca cobertura mediática a base de ser cada vez más chocante, más absurdo, más extremo. Por supuesto que nadie cree que sea verdadero aquello de invitar a Putin a intervenir sus sistemas informáticos. De hecho casi nada de lo que le da cobertura de la prensa tiene sentido, jamás se cumpliría.

Me gustaría leer, en plan de burla, que el mítico muro tendría que tener unas pequeñas puertas giratorias para que los coyotes, zorras, ardillas y comadrejas pudieran pasar a beber agua del río; de los ríos.

Por supuesto que el tipo sí es una amenaza para el mundo. Claro que sí hay cosas que podría hacer y con ello provocar una crisis inconmensurable. Una que preocupa es su promesa de revisar y tal vez denunciar el TLC. Pero no es algo que solo él haya puesto en la mesa de discusión, de hecho esos temas son usualmente promovidos por los demócratas, mucho más proclives a oponerse al libre comercio que los republicanos.

Ahí sí veo peligro, y sin embargo los miembros del congreso, así como los grandes capitanes de industria, no están ciegos, ellos sí saben que somos un socio comercial de gran valor, uno que a través de las importaciones de sus productos concurrimos a la creación de empleos, de riqueza, a un ritmo que supera a todas las importaciones alemanas, francesas, británicas, italianas, japonesas y españolas… ¡combinadas!

No estoy proponiendo que cerremos los ojos, simplemente postulo que dejemos de acabarnos el hígado reaccionando a meras promesas irrealizables de campaña. Más nos valdría aprender a jugar con las reglas del terreno, aprovechar que de aquel lado de la frontera es del todo aceptable el activismo de gobiernos extranjeros en defensa de sus intereses. Sucede en el Congreso a través de gestores profesionales, también por medio de presencia constante en medios de comunicación masiva. Contamos con representantes numerosos e influyentes que constituyen una nación dentro de otra, hemos hecho esfuerzos notables y efectivos por cerrar la brecha de la incomprensión, que por tanto tiempo nos alejó de la comunidad mexicano-norteamericana. Tal vez podríamos aprovechar su presencia y peso político de mejor manera, no lo sé, pero sí confirmo que hay acciones más útiles que los arranques de furia, de poco sirve mentarle la madre a Trump a distancia, o de cerca.

Emb. Enrique Hubbard Urrea

12/X/2016

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