IV. DÍAS DE DISCIPLINA

La secundaria federal Niños Héroes en el estado de México fue una escuela que se distinguió, particularmente, por su plantilla de profesores. Se trataba de un grupo de educadores originarios en su mayoría del estado de Guerrero, varios de ellos formados en las escuelas normales rurales, miembros del movimiento magisterial del profesor Othón Salazar, activistas del Frente de Liberación Nacional organizado por el ex presidente Lázaro Cárdenas y el ingeniero Heberto Castillo y simpatizantes de los movimientos sociales de carácter reivindicativo de otros profesores, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez en Guerrero y los hermanos Gámiz en Chihuahua.

El programa de estudios que se seguía en la secundaria Niños Héroes otorgaba especial importancia a la objetividad de las ciencias, a la educación laica, al conocimiento de la actualidad del país, al repaso minucioso de la historia y a explicar el compromiso que los jóvenes estudiantes tenían con el país y la sociedad. Se podría decir que era una escuela de corte liberal y nacionalista, comprometida con la educación y la concientización de sus alumnos y cuyo objetivo era preparar a los alumnos para su acceso al ciclo de bachillerato, pero también para acercarlos a su futura condición de ciudadanos con sensibilidad, compromiso y conocimiento.

Otra característica de la escuela es que tenía instalaciones nuevas, modernas y funcionales. El nuevo edificio inaugurado en 1964 contaba con laboratorios bien equipados de biología, química y física, talleres de electricidad, mecánica automotriz, dibujo industrial, radio, estructuras metálicas, imprenta y tornos para los alumnos y cocina, corte y confección, taquimecanografía, cultura de belleza y enfermería para las alumnas. Adicionalmente el plantel contaba con instalaciones deportivas para futbol, basquetbol, voleibol, frontón y atletismo.

En esa escuela secundaria estudió José María. En un principio se sintió atraído por lo moderno y atractivo de sus instalaciones y por la novedad que implicaba para él el traslado de su casa al plantel en camión de pasajeros, un recorrido de 20 minutos. Eso representaba una cierta independencia y marcaba una distancia del colegio privado, de aires pretenciosos, en donde había estudiado el ciclo primario y en donde sus padres habrían deseado que estudiara el bachillerato.

En la medida en que transcurrieron los meses José María sentía que disfrutaba su estancia en esa escuela. Tenía buenos amigos y convivía con muchachos de todos los niveles sociales. Con ellos conoció detalles del lenguaje urbano de moda, bromas y chistes de tono subido, rasgos de comportamiento (la emoción de echarse la pinta o ver sus intentos de engañar a los choferes para no pagar pasaje). Inolvidables fueron desde entonces los apodos de algunos compañeros, reflejos del ingenio popular: el sapo, el caballo, el cuervo, el liponuska (un pulgarcito de un cuento infantil ruso), el garapiñado o la araña. Sin embargo, algo que nunca le gustó fue el llamado lenguaje de la onda que daban a conocer escritores como José Agustín. A José María esas expresiones le parecían exageradas y hasta vulgares.

Pero José María no solo disfrutaba el relajo. También se empezó a interesar en materias como historia, geografía, civismo, literatura, ya que eran oportunidades para que los maestros expusieran opiniones sobre las actualidades nacional y mundial, sobre los problemas que afectaban al país, sobre las contradicciones que se presentaban y sobre el futuro que se veía venir.

Por esas pláticas José María se enteró que el país se encontraba gobernado por un régimen monolítico casi de partido único, que la democracia era todavía una aspiración, que la riqueza nacional estaba injustamente distribuida o que en Guerrero y Chihuahua existían movimientos guerrilleros que demandaban justicia social y reparto agrario. Con esos maestros supo que Cuba había tenido una revolución, que Argelia se había independizado de Francia, que en África tenían lugar luchas por la descolonización o que América Latina seguía padeciendo dictaduras como en Guatemala, Nicaragua, República Dominicana, Colombia, Haití o Paraguay.

Para José María no representaba un problema de identidad la educación que estaba recibiendo en la secundaria y sus gustos como adolescente. Por un lado destacaba el interés creciente por lo que ocurría en México y en el mundo, interesándose particularmente por los temas bélicos como las guerras coloniales en África, el inicio del conflicto en Vietnam o las aventuras imperialistas de los Estados Unidos, cuyas novedades seguía en los periódicos de su padre. Pero por el otro lado, José María era un joven urbano que recibía la tremenda carga cultural procedente de Norteamérica y de Europa.

Algunas de sus principales aficiones eran la música moderna, la llamada ola inglesa y la de los Estados Unidos, el cine de aventuras, la lectura de novelas de espionaje e intriga, los automóviles deportivos, el futbol americano y el basquetbol. Sin lugar a dudas quedaba incluido en la categoría que identificó el autor Carlos Monsiváis como la de los primeros norteamericanos nacidos en México.

El medio familiar de José María no era necesariamente conservador. Su madre, originaria de Guadalajara y educada en un colegio de monjas, decía ser religiosa pero no impuso su convicción a sus hijos. Su padre gozaba de una posición acomodada, no tenía una actitud activa en la política o la religión, gustaba de aparentar una posición de autoridad y de hecho no interfería en los planes o ideas de sus hijos. Recordando el vocabulario social de esos años se podría decir que formaba parte de un núcleo familiar de aspiraciones pequeño burguesas.

Como buena madre mexicana, la de José María empezó a registrar algunos cambios en la personalidad de su hijo. Le preocupaban sus comentarios criticando o burlándose de los políticos, su incipiente admiración por cierto tipo de personajes, su gusto definido por el rock y la música pop o su deseo declarado de formar con sus amigos un grupo de música moderna con lo que ello implicaba en materia de pelo largo, conductas y rompimiento con costumbres y tradiciones. La alarma de la señora se encendió cuando en plena comida familiar ella hizo un comentario en términos de…si dios quiere. Eso ameritó la respuesta directa e inmediata de su hijo, citando a Ignacio Ramírez “El Nigromante” …: “no hay dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”. El silencio se hizo en la mesa. Unos miraban a otros. En seguida la madre de José María responsabilizó a su padre por tenerlo en esa escuela de ateos y revoltosos.

La madre de José María tenía mucho respeto y admiración por sus hermanos mayores. Todos militares. Egresados del Colegio Militar. El mayor de ellos general, director fundador de la Escuela Superior de Guerra y agregado militar en Japón y la India. Los otros dos altos oficiales en zonas militares y en estados mayores. Para completar el cuadro un primo era cadete en el Colegio del Aire.

En una reunión familiar el general hizo algunos comentarios sobre los riesgos que, según él, enfrentaban los jóvenes de la época. Mencionó el rompimiento del orden familiar, la falta de disciplina, las drogas, la pérdida de valores y la copia de actitudes provenientes del extranjero. A continuación el general recomendó a los padres de José María la carrera militar como recurso para que su hijo se alejara de esos riesgos, siguiera con la tradición familiar y se desempeñara en un medio que se distinguía, en su opinión, por sus valores y las oportunidades que ofrecía a los más preparados y capaces.

Como era de esperarse, la madre de José María quedó entusiasmada con la propuesta. Le hacía ilusión ver a su hijo como cadete del Colegio Militar y luego como oficial de las fuerzas armadas. El padre del muchacho no parecía muy convencido, después de todo él no era apegado a las ideas del orden y la disciplina cuartelera. No obstante que el señor prefería una carrera universitaria para su hijo, no se oponía del todo a la idea de la llamada carrera de las armas.

El tercer año de secundaria empezó con varios prospectos para el futuro a corto plazo. El general había empezado a desplegar sus contactos, particularmente con amigos como el Subsecretario de la Defensa Nacional y el Subdirector del Colegio Militar para asegurar el ingreso de su sobrino a esa institución. El padre de José María también le hizo un ofrecimiento que lo desconcertó y lo dejó pensativo. Le preguntó si le gustaría estudiar el pre-universitario (preparatoria) en España y luego seguir los estudios universitarios en ese país.

Las dos propuestas no terminaban de convencerlo. Por una parte, le atraía la vida como cadete de un plantel militar, pero tenía noticias de la vida sacrificada y las limitaciones de los oficiales y creía que eso no era para él. El ofrecimiento paterno lo veía como una actitud un tanto criolla por parte de su padre que de esa manera buscaba un acercamiento o un rescate de su origen. Además, por las pláticas de sus maestros, tenía noticias de que en España persistía una dictadura militar, clerical y conservadora, que limitaba derechos, que no garantizaba libertades y que el país seguía siendo oscurantista y socialmente atrasado.

El último año de José María en la escuela secundaria Niños Héroes lo marcó definitivamente en muchos sentidos. Para esos meses algunos profesores habían conseguido que los alumnos mostraran interés por lo que ocurría en el país. Eran los tiempos de la presidencia de Diaz Ordaz, un gobierno conservador y hasta reaccionario, autoritario, opuesto a libertades cívicas, sindicales o electorales. De hecho, llegó a pensar que no había mucha diferencia con la dictadura franquista en España.

En ese año José María y sus compañeros registraron la huelga de médicos exigiendo mejores condiciones laborales y la reivindicación de su trabajo. Vieron la caída del Rector Chávez de la UNAM promovida por estudiantes en función de porros, organizados y auspiciados por el gobierno. También recibieron noticias, con interés y mucho asombro, sobre el levantamiento campesino en Chihuahua y el ataque armado al cuartel de Ciudad Madera.

Pero no todo fue exclusivamente concientización cívica. José María disfrutó, y mucho, ese último año de la secundaria. Fue la época en que aprendió a manejar y que su padre le prestara el coche los sábados para ir a las tardeadas, salir con los amigos a los llamados “drive in”, o ir por la noche al autocinema. El gusto por la música pop se acrecentó y se convirtió en todo un experto en los grupos y cantantes ingleses y norteamericanos, seguidor constante del hit parade. En el plano deportivo él y sus amigos figuraban en el equipo de futbol americano de los Scouts de México. Otra actividad recurrente era, al salir de clases los sábados, dirigirse al centro de la ciudad para buscar y comprar alguna prenda de última moda, pasar a la tienda de discos El Gran Disco en Balderas y Juárez para conocer y adquirir las novedades, caminar por la Avenida Juárez y comprar cigarros importados en las tabaquerías. El periplo terminaba en la esquina de Palma y 16 de Septiembre para saborear las incomparables medias noches del Sidrali.

Las tardeadas eran eventos propicios para conocer muchachas y empezar torpes flirteos con ellas. Igual de importante era escuchar en vivo las interpretaciones de grupos como los DugDugs, los Tijuana Five, Hardy Flox de Canadá, los Stukas, los Profetas, entre muchos más. Esas reuniones eran organizadas casi siempre por muchachas de la secundaria, cobrando la entrada y los refrescos para recuperar los gastos. Para ellas era oportunidad de presumir sus avances en moda y para tratar de impresionar a algunos de sus condiscípulos.

El tercer año de secundaria confirmó a José María su predilección y facilidad por materias como la historia, geografía, civismo o literatura y su falta de interés por las ciencias exactas. Algebra, química y física eran verdaderos retos y no lograba alcanzar los promedios idóneos en estas materias, conformándose con los sietes y a veces ochos en las calificaciones. Para él lo importante era no reprobar y no llegar a verse en las escuelas de regularización que tenían fama ganada como planteles para burros y casos perdidos.

En el curso del segundo semestre de ese año la dirección de la secundaria organizó una visita a la Escuela Nacional de Agricultura (ENA) en Chapingo. Se trataba de conocer el plantel, sus instalaciones, recibir información sobre sus planes de estudio y sobre el desarrollo profesional de sus egresados.

En Chapingo José María y sus compañeros recibieron explicaciones sobre el ciclo de bachillerato, los cinco años de la carrera de ingeniero agrónomo, las especialidades, la organización del plantel y las facilidades que se ofrecían a los alumnos. Hubo varios puntos que de inmediato llamaron su atención. Se trataba de una institución que funcionaba con régimen militar, en la modalidad de internado y con férrea disciplina en la formación y en el plano académico.

Desde ese día estuvo reflexionando sobre la posibilidad de ingresar a Chapingo. Ello tranquilizaría a su familia con aquello de la disciplina y la formación. Pensaba que aprobarían su proyecto como estudiante de una escuela como esa y como cadete de un plantel militarizado. Y algo importante para él, descartaba la carrera de las armas que no lo convencía y optaría por una formación profesional como ingeniero. No era lo mismo graduarse como agrónomo que como subteniente.

En una plática de orientación vocacional José María le expuso a su profesor su interés y casi decisión de ingresar a la ENA y estudiar agronomía. El consejo que le dieron no podía sino reforzar sus planes. Chapingo era una institución de educación superior con mucho prestigio, se trataba de una escuela vinculada al desarrollo del país, tenía un plan de estudios exigente y actualizado y los egresados eran reconocidos por sus capacidades, pero también por su compromiso con los intereses nacionales.

Cuando conversó con sus padres sobre su proyecto hubo cierta sorpresa. Ellos no tenían noticias sobre esa escuela, si acaso el hijo de una comadre se había graduado ahí. Entendieron el plan de estudiar en un plantel como ese para graduarse como profesionista descartando el de ser oficial del ejército. Al final estuvieron de acuerdo en que su hijo buscara su ingreso en esa escuela, exigiéndole que al mismo tiempo se inscribiera en los exámenes de admisión para la preparatoria de la UNAM.

Tiempo después José María y sus padres visitaron al tío general en su casa en Cuernavaca para comunicarle la decisión de su hijo de buscar el ingreso a Chapingo y agradecerle los contactos que había hecho en el Colegio Militar. El general entendió los motivos de su sobrino, dijo que conocía el prestigio de la ENA como plantel de formación profesional y como institución militarizada en donde prevalecía la disciplina y el estímulo a los estudiantes-cadetes para superarse. El tío felicitó al sobrino por sus planes pero ya no ofreció su intervención para buscar algún contacto o respaldo.

La graduación en la secundaria llegó a mediados de noviembre. José María pudo librar todas las materias. Alcanzó un promedio de 8.3, suficiente para inscribirse como aspirante en Chapingo en donde el promedio mínimo era de 8.0 como uno de los requisitos de admisión. El examen de admisión en la preparatoria lo presentó en el plantel de Mixcoac, obtuvo calificación aprobatoria y de aceptación y, en principio, pensó que se inscribiría en el plantel de Insurgentes norte, el más cercano a su casa.

En los primeros días de diciembre se abrieron las inscripciones para el examen de admisión en la ENA. A José María lo llevó su padre para registrarse, entregar la documentación requerida y recibir una guía de estudios. Como la escuela se encontraba de vacaciones los dos pudieron hacer un recorrido por el lugar, explicándole el hijo al padre que tal construcción era el edificio principal, que allá estaba el auditorio, que aquellos eran los dormitorios, que los salones de clase y laboratorios se encontraban más allá, ese era el patio principal y atrás el comedor.

Los exámenes de admisión empezaron en la segunda semana de enero. El primer día se aplicó el escrito. En el segundo tuvieron lugar el oral y la entrevista personal. Al tercero se realizaron las pruebas físicas que no eran tan rigurosas como las que se aplicaban en las instituciones militares. En el caso de Chapingo se trataba más que nada de que el aspirante reuniera condiciones de simetría corporal, esto es que la cabeza, el tronco y las extremidades guardaran proporción con el tamaño del cuerpo. José María ya se acercaba al 1.80 de estatura y no tuvo ningún problema.

En el curso de la última semana de enero se exhibieron en la escuela las listas con los aspirantes aceptados. Fueron 135 y los nombres aparecían como siempre en orden alfabético. La tensión y los nervios se apoderaron de José María al ver las hojas. Leyó uno por uno los nombres a pesar de que por su apellido paterno sabía que de ser el caso él figuraría en la parte final de las listas. Más que alivio o satisfacción lo que él sintió al leer su nombre completo fue una especie de flotación, no sentir los pies en el suelo. Un nudo en la garganta por la emoción, el corazón le latía aprisa y la circulación sanguínea estaba acelerada. Ya era alumno de la ENA. Ya era cadete de Chapingo.

Los días siguientes fueron de gestiones. Primero pagar una fianza de 2,000 pesos en la Nacional Financiera. Después la firma, por parte del padre, de un documento de aceptación para que el hijo ingresara a la escuela. En la oportunidad se llenó un cuestionario para identificar la capacidad socio-económica de los padres o tutores que servía, entre otras cosas, para definir si los familiares tenían la capacidad para cubrir los costos de uniformes y equipos o si la escuela los suministraría a los estudiantes.

En vista de que el padre de José María se encontraba entusiasmado y animado como su hijo, solicitaron la lista de las prendas y equipos para adquirirlos oportunamente. Los pedidos se ordenaban en la sastrería militar La Principal, ubicada en la calle de Tacuba en el centro de la ciudad. En el establecimiento se ordenaron los tres uniformes reglamentarios para uso diario de color kaki, el llamado uniforme de salida de color gris, el atractivo uniforme de gala de paño azul marino con vivos grises en cuello, puños y línea en el pantalón, el espadín con cinturón y fornitura de cuero negro y la levita de gala para ceremonias también de paño azul marino, largo hasta las rodillas. El pedido incluía el uniforme para educación física, botas para el uso diario, botines para los uniformes de gala y el abrigo corto de color negro, de corte militar, conocido como “makinof” que identificaba a todo el alumnado.

Las instrucciones fueron presentarse en la escuela en el curso del domingo 5 de febrero para instalarse en el dormitorio asignado, recoger la llave del cuarto y estar listos y puntuales para el inicio de clases el lunes 6 al toque de diana, a las 6 de la mañana.

En esos días previos a su traslado a Chapingo, José María recibió unas curiosas noticias por parte de dos de sus mejores amigos. Uno de ellos, un par de años mayor, le contó que continuaría sus estudios de preparatoria en la Academia Militarizada México, dijo que le atraía la instrucción militar, formarse como cadete, pero continuar sus estudios en la universidad. El otro amigo, un año menor, les contó que la paciencia de su padre se había agotado, habían sido muchos los reportes de mala conducta de la escuela y el aprovechamiento era poco; el amigo era simpático pero algo irresponsable y su padre había decidido enviarlo a la Universidad Militarizada Latino Americana para que terminara la secundaria y continuara con la preparatoria. En esos tiempos esa escuela tenía fama de ser una de las más caras de México. Para José María esto parecía una afortunada coincidencia. Los tres amigos tenían gustos propios de adolescentes, se conocían desde la primaria, tenían un sinfín de anécdotas compartidas, quisieron formar un grupo de rock, viajaron juntos y ahora los tres se veían uno a otro como cadetes.

El domingo 5 los padres de José María lo llevaron a Chapingo. La primera parada fue en un restaurante típico de Texcoco que sirvió para dar recomendaciones, sugerencias de buen comportamiento, consejos para cuidarse, pedir que mantuviera comunicación con la familia y se empeñara en los estudios. Después de la comida vino la despedida en el estacionamiento externo de la escuela. Para la madre del muchacho parecía que su hijo iba a la guerra sin saber cuándo regresaría. Su padre no expresaba tanta inquietud y seguía insistiendo en la importancia de cuidarse. El joven hijo insistía en que no era para tanto ya que el próximo sábado estaría franco para pasar con ellos el fin de semana. Llegó la despedida, el padre le dio a su hijo varios billetes a manera de domingos adelantados y el muchacho tomó sus dos maletas, se enfiló a la puerta principal del plantel, la cruzó, entró a la escuela y de inmediato entendió que a partir de ese momento comenzaba otra etapa que él no conocía, que empezaban los días de disciplina.

Esa tarde quedaría enterado que como alumno de primer ingreso estaría agrupado en la cuarta compañía, el dormitorio de los novatos, el de los pelones como se enteraría al día siguiente. Ese edificio tenía tres pisos. Cada piso tenía un largo corredor con las puertas de los dormitorios de uno y otro lado. En el caso de esta compañía cada cuarto alojaba a tres estudiantes. Cada uno contaba con su cama, su mesa de trabajo, su silla y un armario en donde cabían solamente los uniformes y los enseres personales. A las siete de la noche se llamó, por primera vez, a la cena en el comedor. Ahí supo que él había quedado integrado al quinto pelotón de la cuarta compañía y conoció cual sería su mesa en adelante. La cena fue buena oportunidad para conocer a sus nuevos compañeros, muchachos provenientes de diversos estados. El sargento de su pelotón resultó ser un estudiante de cuarto grado, originario de Nayarit, que dejó la impresión de ser buen tipo y les ofreció su ayuda para instalarse en la escuela, aunque advirtió lo que les esperaba por las novatadas y aclaró que poco podría hacer para cubrirlos ya que él aún no tenía la veteranía para aminorarlas.

La emoción de la primera noche en la ENA fue compartida con los dos compañeros de dormitorio. Muchachos de la misma edad, uno oriundo de Tulancingo, Hidalgo, hijo de franceses, que había realizado algunos estudios en Francia y el otro proveniente de Tijuana, B.C., hijo de un funcionario aduanal. La primera coincidencia que compartieron esos jóvenes fue que ninguno de los tres tenía algo que ver con la tierra, no eran hijos de agricultores, tampoco tenían relación alguna con ranchos, no conocían ejidos, ni estaban familiarizados con cultivos o ganado. Eran, en pocas palabras, entes urbanos que creían tener vocación por la agronomía.

Al día siguiente, después de la formación y el pase a desayuno, los de nuevo ingreso fueron conducidos al auditorio, vestidos todavía con ropas de civil. En ese recinto empezaron a recibir las primeras instrucciones e informaciones por parte de funcionarios escolares, profesores y oficiales militares. Se les explicó que la ENA era una institución de educación superior de carácter oficial, dependiente de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, que el programa de estudios contemplaba dos años de bachillerato y cinco de carrera profesional, en total siete años en el plantel, que la preparatoria era de tronco común, que la carrera tenía 7 especialidades: zootecnia, fitotecnia, bosques, suelos, irrigación, economía agrícola y sociología rural, que la ENA contaba con un Colegio de Postgraduados, que los horarios de trabajo empezaban con el toque de diana a las 6 de la mañana con actividades académicas, adiestramiento militar y acondicionamiento físico a lo largo del día. A las 22:00 se daba el toque de silencio. En horas de tarde-noche los alumnos podrían disfrutar de un tiempo de asueto para asistir al llamado casino para tomar café o refrescos, fumar (único lugar en donde se permitía hacerlo), jugar billar, ping pong, damas, ajedrez o ver la tv. Pero ese breve espacio también debería ocuparse para repasar lecciones y hacer tareas.

A continuación intervino un coronel. Explicó que, para efectos militares, la escuela era una guarnición, encuadrada en la Primera Zona Militar. El coronel dijo que él era el comandante del contingente, auxiliado por un capitán como sub-comandante y un grupo de tenientes que tendrían a su cargo cada una de las compañías. Todos estos oficiales contaban con el apoyo de elementos de tropa (sargentos, cabos y soldados) para las labores de adiestramiento, cuidado del orden y disciplina y de manera importante para la supervisión en el manejo y conservación del armamento comisionado en el plantel.

El coronel  señaló que el destacamento de cadetes (1,200) estaba agrupado en cinco compañías. En la primera, segunda y tercera se encontraban agrupados los alumnos de grados superiores. La cuarta era para los alumnos de segundo de preparatoria y los de recién ingreso. La quinta compañía era la de caballería.

La primera semana en la escuela transcurrió entre pláticas de profesores y oficiales para facilitar la inserción en el plantel como estudiantes y como miembros de tropa. Se recibieron múltiples explicaciones sobre el funcionamiento del plantel y se fueron conociendo rutinas y prácticas, además del lenguaje propio de un internado militarizado. Quedó claro que a partir de esos días el lema de la escuela: Enseñar a Explotar la Tierra No al Hombre sería la máxima que orientaría los estudios, la formación y la orientación de los futuros profesionistas.

En esos días José María y sus compañeros empezaron a resentir lo que les esperaba a lo largo del año. El primer acto se dio al pasar a la peluquería. A pesar de las solicitudes de algunos de un corte de casquete regular, los peluqueros pasaban la maquina eléctrica por toda la cabeza hasta quedar completamente rapado. Ante la sorpresa e indignación de muchos los barberos contestaban: ¿qué prefieres muchacho, que te corte el pelo aquí o que te lo corten los que te están esperando afuera? Ese día supieron que todo el año lo iban a pasar pelones. De ahí que el apelativo que distinguía a los de primer ingreso era precisamente el de pelones.

Las novatadas eran rudas, sin consideraciones, abusivas. Vale reconocer que algunas eran ingeniosas. Los jóvenes estudiantes muy pronto aprendieron a evitar o dar la vuelta a los de caballería y a los del equipo de futbol americano. Un pelón que se hubiera entusiasmado por el escuadrón de caballería o por el futbol americano podría solicitar su incorporación a esas opciones. Sin embargo muy pocos lo hacían. En el caso de la caballería no había el requisito indispensable de estar familiarizado con los equinos, con el adiestramiento se llegaba a dominar la disciplina ecuestre. Pero el cuidado del animal siempre recaía en el novato. Éste montaría al caballo hasta que su jinete se graduara y para ello podrían pasar algunos años. En el equipo de futbol americano las cosas eran peores. El aspirante a jugador recibía las novatadas de los condiscípulos mayores y las de los miembros del primer equipo. A las horas de instrucción militar y acondicionamiento físico habría que agregar el tiempo de entrenamiento, intenso, exigente y muchas veces doloroso.

José María prefirió evitar estas opciones. Muchas veces había montado en el campo pero no sabía nada de equitación y no se iba a poner a cuidar un caballo durante años, recibiendo los maltratos de su jinete. El futbol americano seguía siendo su deporte favorito pero no se iba a someter a una dura disciplina atlética a la par de la que ya tenía como alumno. Decidió que, como la mayoría, él sería un cadete más de infantería. Su madre le habría dicho que como siempre se había comportado como un comodino.

Varios días después se inició formalmente el curso escolar. Los alumnos de primer ingreso quedaron distribuidos en cuatro grupos de unos treinta estudiantes cada uno. José María quedó en el primero “C”. La aparición de 12 muchachas en los salones de clase fue sorpresiva e inesperada. Se trataba de las primeras mujeres que habían ingresado a Chapingo. No se trataba de un plan piloto o algo que se le pareciera. Eran estudiantes de tiempo completo. Ellas estaban exentas de la instrucción militar y se encontraban alojadas en dos casas para profesores en las afueras del plantel. El contacto de todos los estudiantes, veteranos y pelones, con estas jovencitas era de respeto, amistad y compañerismo. Los profesores, funcionarios de la escuela y los oficiales militares se encargaban de que así fuera.

La inquietud y preocupación de José María por el programa de estudios quedaron confirmadas al recibir su tira de materias. Destacaban como él lo esperaba las ciencias exactas. Figuraban la química, física, algebra, cálculo diferencial e integral, principios de topografía, zoología y botánica. Las ciencias sociales e inglés quedaban en un segundo plano. No iba a ser fácil. Había que invertir mucho empeño y esfuerzo. Dedicar horas a los repasos. Hacer esfuerzos por entender esas materias. Practicar y practicar ejercicios matemáticos. Reconoció internamente que esas asignaturas siempre habían sido complicadas para él, que no era un estudiante brillante ni metódico, que siempre había salido adelante por su memoria y capacidad de retención. Llegó a pensar si no había cometido un error el ingresar a ese tipo de plantel en donde formaban ingenieros. La disciplina militar le atraía pero en Chapingo no era todo. Se podía llegar a ser un gallardo cadete pero antes había que ser un estudiante de buen nivel.

El primer semestre transcurrió con las rutinas de clases, adiestramiento militar,  horas de laboratorios, educación física y los esperados fines de semana. La última asignatura de los sábados era deportes. A las 2 de la tarde todo el plantel quedaba franco y los que vivían en la Ciudad de México o en sus alrededores regresaban a sus casas, portando reglamentariamente el uniforme de salida. Los muchachos provenientes del interior del país permanecían en la escuela y aprovechaban el tiempo para salir a comer a Texcoco, ir a algún cine o darse una vuelta rápida al D.F.

Los primeros fines de semana los padres de José María se trasladaban a Chapingo para esperar su salida. Esto dejó de ser novedad y semanas después viajaba en autobús a su casa en un recorrido de unas dos horas. Esos fines de semana se iban rápido. La familia quería retener a su hijo para conocer detalles y noticias de su estancia en la escuela. Pero el joven no quería perder el contacto con sus amistades y los buscaba para ir a alguna fiesta, ir al cine y pasear en coche, ya que algunos de sus amigos habían recibido su primer carro para ir a la prepa. Los domingos por la tarde era el regreso a la escuela. Los alumnos se tenían que reportar antes de las 8 de la noche.

A pesar de que las clases se habían iniciado en febrero, a finales de marzo se celebró la ceremonia oficial de inicio de cursos. Esta contó con la presencia del presidente de la República y con los secretarios de agricultura, educación pública y defensa nacional. José María se encontraba asombrado por la solemnidad del acto. Los cadetes en uniforme de gala desfilaron ante el templete. El escuadrón de caballería pasó también ante las autoridades, la banda de guerra de cerca de 70 elementos ejecutó sus toques de ordenanza y marchas castrenses. Adicionalmente una batería de artillería del regimiento de San Juan Teotihuacán, se encontraba en uno de los campos de futbol para disparar sus salvas de saludo. Los pelones o alumnos de primer grado se encontraban formados frente al edificio principal sin participar en la parada. Esa fue la primera ocasión en que José María portó el uniforme de gala con mucha emoción y orgullo.

Esa fue asimismo la primera oportunidad en que José María vio de cerca a Díaz Ordaz. Muchas veces había oído comentarios de que este personaje era muy feo, con aspecto un tanto siniestro, de actitudes secas y que en sus rasgos se dibujaba el autoritarismo. Todo eso quedó comprobado.

El calendario escolar siguió su marcha. José María trataba de mantenerse concentrado en los estudios. Se esforzaba en la comprensión de las ciencias exactas. Practicaba ejercicios y repetía una y otra vez los teoremas algebraicos. Para ese tiempo ya contaba con buenos compañeros, hábiles en esas materias que lo ayudaban a estudiar. Al mismo tiempo se familiarizó con la instrucción militar. Ya conocía las formaciones, no tenía problemas con los pasos, reconocía los toques y órdenes dadas por el clarín y los ritmos marcados por la banda de guerra. En la cuarta compañía él y sus compañeros ya tenían asignados sus fusiles o mosquetones (mauser de 7 mm), marrazo y fornitura. También ya habían recibido algunas explicaciones sobre el funcionamiento de los fusiles automáticos M-1 y M-2, así como de las pistolas automáticas del tipo escuadra .45. Inclusive ya habían recibido algunas lecciones de tiro durante los desplazamientos.

Esos meses de estudios intensivos, de dura instrucción militar y de agotadoras sesiones de acondicionamiento físico, propiciaron que identificara nuevos amigos y cultivara su amistad. Su círculo cercano de amistades incluía a sus compañeros de cuarto, a otro de Coalcomán, Michoacán, a un becario de El Salvador, a un muchacho de Teloloapan, Guerrero, a dos jóvenes de la colonia del Valle y uno más de la colonia Industrial en el D.F.

En esa construcción de amistades José María conoció a varios becarios extranjeros que habían llegado de Panamá, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Caso curioso fue el de dos primos etíopes, sobrinos del emperador Haile Selassie y que en consecuencia se decían príncipes. Alguna vez el comandante de la compañía les encargó algún trabajo manual en la armería del destacamento ( los etíopes la llamaban la santa bárbara por su estancia previa en España) y se negaron a hacerlo invocando su condición de nobles. El teniente los trató con rudeza, impuso su autoridad y los arrestó durante dos fines de semana. Los jóvenes africanos se disciplinaron y hasta aceptaron que a partir de ese incidente fueran conocidos coloquialmente como “los tiznados I y II”.

El primer desplazamiento fuera del plantel fue para participar en la ceremonia de Jura de Bandera que se llevó a cabo en la ciudad de Puebla, para conmemorar la Batalla del 5 de Mayo. El acto fue muy emotivo para los nuevos estudiantes y novedoso porque se trató de la primera vez que compartían un espacio con otros contingentes, como el personal de la zona militar, los batallones de conscriptos y los cadetes de la Academia Militarizada Ignacio Zaragoza de esa ciudad.

El final del primer semestre condujo a los temidos exámenes semestrales. El reglamento escolar de la escuela establecía, entre otras cosas, que la calificación reprobatoria en tres materias era motivo de suspensión y baja del plantel. En caso de no aprobar una materia se tenía una única oportunidad de presentar un examen extraordinario. Una segunda calificación reprobatoria era causa asimismo de la baja. José María continuó con su característico nivel medio como estudiante. Obtuvo calificaciones de entre 7.5 y 8. Nada que ameritara figurar en el cuadro de honor, pero evitaba las sanciones y la posibilidad de la baja.

En esas fechas, empezaron los preparativos para la ceremonia del 13 de septiembre para conmemorar la gesta de los Niños Héroes y para el desfile militar del 16. Durante tres semanas se redujo el tiempo dedicado al programa escolar y se intensificaron las marchas con fusil al hombro, el seguimiento a la banda de guerra y el acondicionamiento físico. En esos días aumentaron las sesiones para limpiar y pulir los botones de latón del uniforme de gala y las insignias, para sacar brillo a la fornitura de piel, para pulir el espadín, el marrazo y la hebilla de la fajilla y limpiar el mosquetón. Otra expresión del abuso de los veteranos era que llegaban al dormitorio para que los pelones les hicieran esa labor a su uniforme y equipo.

La ceremonia del 13 de septiembre en Chapultepec fue emotiva, solemne, marcial y José María llegó a estremecerse ante el pase de lista de los Niños Héroes, escuchar las marchas y mantenerse en posición de firmes, saludando con el arma embrazada al frente al escuchar el Himno Nacional.

El día 16 de ese mes las cinco compañías de la ENA se trasladaron al D.F. a las 5 de la mañana. Los cerca de 80 caballos fueron transportados en grandes camiones  para ganado. Poco antes de las 7 de la mañana los cadetes de Chapingo ya se encontraban alineados en perfecta formación y en el lugar asignado por la comandancia del desfile, cerca de la avenida 20 de Noviembre. Desde ese sitio José María podía distinguir a las agrupaciones del Colegio Militar, de la Escuela Naval Militar, del Colegio del Aire, de la Escuela Médico Militar y de escuelas privadas militarizadas.

A las 10 de la mañana se inició la marcha. José María se mantenía en un estado que mezclaba la emoción, el nerviosismo, el orgullo de participar en una parada como esa. Los ritmos marcados por la banda de guerra facilitaban la concentración para no perder el paso ni las órdenes para cambiar el mosquetón de un hombro al otro. Cuadras más adelante su compañía pasó enfrente del Palacio Nacional y se ordenó el saludo hacia el balcón presidencial con la vista a la derecha. José María miró, otra vez, durante unos instantes, a Díaz Ordaz.

La marcha dio vuelta al zócalo. Continuó por Cinco de Mayo. Sus padres y familiares le habían adelantado que se situarían en esa calle para verlo desfilar y aplaudirle. A él no le agradaba la idea y como tenía que mantener la cabeza al frente no se esforzó en buscar con la mirada a sus parientes. No podía saber en que lado de la calle estarían y además, no estaba encuadrado en las filas de orilla de la compañía. El desfile terminó en Reforma. A pesar del sol candente, de la distancia recorrida y del grueso paño de la levita nadie parecía cansado, todos, veteranos, pelones y los de caballería, seguían entusiasmados y emocionados. De regreso a Chapingo y esa tarde-noche la dirección de la escuela ofreció una cena especial, en uniforme de gala, para felicitar a los alumnos y a sus oficiales por la participación en las ceremonias. Al día siguiente se reanudaron las rutinas. Seguían los días de disciplina.

En octubre ocurrió algo lamentable. En un partido de futbol americano de la liga mayor, a los toros salvajes de Chapingo les tocó jugar contra el “poli guinda” del Instituto Politécnico Nacional en el estadio de la Ciudad Universitaria. En una jugada desafortunada quedó lesionado el popular “palomo Martínez”, alumno de quinto año, oriundo de Michoacán, a quien todos conocían ya fuera por su fama como deportista, como por las bromas y abusos que cometía contra los pelones. Esa misma noche “el palomo” murió por una conmoción cerebral. La escuela organizó una ceremonia fúnebre en el salón de actos conocido como La Capilla, en donde se encuentran los murales pintados por José Clemente Orozco. Todos los alumnos asistieron e hicieron guardias en uniforme de gala. A José María le conmovió ver sobre el ataúd la gorra y el espadín del “palomo” y escuchar la marcha fúnebre ejecutada por la banda de guerra.

El final del segundo semestre llegó. Otra vez las pruebas semestrales. De nuevo el nerviosismo, la inquietud, los apuros, la búsqueda de consejos para repasar apuntes. José María la volvió a librar. El mismo promedio. La tranquilidad de no quedar a deber nada. La chabacanería de pensar que más allá del 8 todo es vanidad.

Durante la última semana de noviembre, con el ambiente más relajado, se llevó a cabo la tradicional fiesta de la simbólica “quema del libro” con la que se celebró el fin de cursos y la llegada de las vacaciones. Los estudiantes decían que el evento era en honor de “San Casmeo”, una cabeza de piedra, semejante a una figura prehispánica, colocada arriba de un arco próximo a los campos experimentales. Algo muy importante es que esa noche los alumnos de primer grado dejaban de ser pelones.

En la primera semana de diciembre se cerró oficialmente el curso. Todos quedaban francos. Se empezaba a distinguir la emoción de los provincianos por volver a sus lugares de origen. Él no la tenía tan complicada. Sus padres pasarían por él.

Empezaron las vacaciones de diciembre y enero. Había que reportarse a la escuela hasta el domingo 5 de febrero. Venia una etapa de holganza, de esperada diversión y hasta de dejarse crecer el cabello siquiera hasta el casquete regular. Siendo novedad la estancia de José María en la casa paterna no había regaños, ni llamadas de atención y cierta tolerancia. Vaya, hasta su padre le prestaba con facilidad el automóvil. Los domingos por parte de su padre continuaron fluyendo y un poco incrementados. A eso se agregaron las contribuciones generosas de tíos y padrinos, que creían premiar el desempeño de un estudiante y cadete.

En esta temporada desaparecieron los días de disciplina. José María recuperó el ambiente con sus amigos. Los reencuentros propiciaban las salidas a fiestas, al cine, a ponerse al día en materia de música pop y lecturas de aventuras. A José María no dejaba e causarle cierta envidia la forma de vida de algunos de sus amigos, más suelta y menos rígida. Tenían oportunidad de conocer e involucrarse en los cambios y novedades que se daban en la ciudad. Llevaban el pelo largo y estilizado como artistas británicos. Tenían amigas a las que se les notaba su estilo de “avantgarde”. Hablaban de sus periplos por Acapulco, para bailar en el Tequila a GoGo. Seguían siendo aquellos primeros norteamericanos nacidos en México como lo refirió Monsivais.

En esos días de asueto José María volvió a encontrarse con un grupo de cinco jóvenes, unos años más grandes que él, estudiantes todos de la Universidad Militarizada Latino Americana que se sorprendieron de su estancia en Chapingo. Las reuniones se volvieron más frecuentes y la confianza creció al grado que José María les hacía bromas en el tono de que ellos pagaban altas colegiaturas para simular que eran cadetes y ponerse un uniforme de gala, mientras que él lo era de verdad, que no pagaba nada y además la escuela le daba su “pre” (módica cantidad que servía para pagar los pasajes utilizados en los fines de semana).

Con ellos le tomó gusto al bossa nova. Eran asiduos al bar María Bonita del hotel Camino Real en donde se presentaba un grupo llamado Sonido 5, que seguía el estilo del famoso Sergio Mendes y el Brasil 66. Así que durante ese período vacacional José María se les unía y disfrutaba del ambiente del lugar y de la calidad de interpretación de los músicos. El no tener mayoría de edad se resolvía al presentar la credencial de la escuela en donde figuraba su fotografía en uniforme de gala y eso junto con el saco y corbata superaba cualquier duda. El gusto por la música brasileña no lo alejó de su afición al rock y al pop. Él continuaba siendo fan de radio Éxitos y radio Capital, aunque a veces, en sus ratos fresas -como él reconocía-, escuchaba radio 620 o radio 13, radio fósil como él les llamaba. Si acaso aceptaba que su gusto había evolucionado de los Beach Boys o Gary Lewis y los Playboys a The Doors, Buffalo Springfield o Love o de The Fortunes y Gerry and the Peacemakers a The Moody Blues, Yardbirds o Traffic. Para él los elegantes The Shadows siempre estarían presentes.

Algo que registró José María durante esos días de descanso fue que varios de sus amigos decían tener una novia con cierto tono de formalidad. Ya no se trataba como en la época de la secundaria de buscar una muchacha para las tardeadas o para invitarla a la Vaca Negra. Ahora los amigos las visitaban, las veían con frecuencia y les regalaban discos. José María pensó si él estaría fuera de lugar o si le estaba dedicando mucho tiempo a la escuela. La realidad era que no conocía a ninguna joven que lo atrajera o lo impresionara. Conocía de tiempo atrás a dos muchachas, hijas de españoles, con fama bien ganada de guapas y elegantes, un poco mayores que él, pero tenía la impresión de que sería muy complicado tratar de iniciar algún tipo de cortejo. A la diferencia de edad habría que agregarle que él no iba a tener tiempo para andar propiciando encuentros.

Las vacaciones siguieron transcurriendo. Las posadas y la nochebuena se celebraron. El año nuevo se festejó. El cumpleaños de José María ameritó una cena para invitar a sus amigos. La esperada y algo temida fecha de reincorporación al plantel llegó. Se repitió el ritual familiar de llevar al hijo a Chapingo el domingo por la tarde. Esta vez ya no hubo tanto dramatismo y la escena se caracterizó por encargos y consejos, principalmente por parte de su madre. En esta ocasión percibió, con molestia, que su hermana atraía miradas y provocaba comentarios. La muchacha era atractiva y con minifalda y botas jalaba más miradas. Él no quería ser acribillado con bromas de cuñado y preguntas sobre la hermana. Lo mejor sería  evitar que en adelante la hermana fuera a despedirlo.

El curso se inició. Ya era alumno de segundo año. Dejaba de ser pelón y víctima de novatadas y abusos. Los nuevos pelones empezaban a resentir los tratos de los veteranos, que para José María eran actitudes propias de acomplejados y resentidos. Una regla no escrita de la escuela era que los de segundo año no tenían el derecho de aplicar novatadas a los de recién ingreso, mucho menos de encomendarles alguna labor como las de limpiar botonadura de uniformes, lustrar botas o cargar el teodolito. Por esa razón los de segundo grado eran los más amistosos con los pelones. Él lo había comprobado el año anterior con un compañero que vivía en una colonia aledaña a la suya.

Las asignaturas seguían siendo complicadas. Al programa se incorporaban materias propedéuticas al estudio de insectos y plagas, de mamíferos, de especies vegetales o de los distintos tipos de suelos que hay en el país. No obstante la complejidad de los estudios y la pesada carga de las ciencias exactas, José María empezó a apreciar y a admirar las capacidades que como profesores, profesionistas e intelectuales tenían personajes como el ingeniero Gilberto de la Rosa (director general de la escuela), el ingeniero Sergio Reyes Osorio, el doctor Edmundo Flores o, particularmente, el doctor Norman Borlaug, maestro en el Colegio de Postgraduados, creador e impulsor de la llamada “revolución verde”, uno de los fundadores del CIMMYT  (Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo) y Premio Nóbel de la Paz en 1970.

En el plano de la disciplina militar José María se sentía completamente familiarizado con las rutinas y los ejercicios. Seguía encuadrado en la cuarta compañía. Formaba parte de la camaradería de su pelotón. Los toques de clarín los entendía como si fueran instrucciones verbales y las marchas de la banda de guerra las reconocía para mantener el paso y hasta para tararear las tonadas. José María disfrutaba las prácticas de marcha, ver como se movían los contingentes como si se tratara de un cienpies que mantiene su ritmo y su paso con el fusil embrazado cambiando de hombro. La ceremonia de inauguración de cursos se celebró de nueva cuenta. Otra vez el ambiente marcial. Otra vez la presencia de Díaz Ordaz en la escuela.

La concientización y el interés por la situación que guardaba el país se acrecentaron en José María. Las presentaciones magisteriales de algunos profesores estaban invariablemente acompañadas de comentarios críticos y objetivos sobre las contradicciones en el campo mexicano, sobre la pésima distribución de la riqueza nacional, la dependencia económica, la democracia simulada y el partido político monolítico y autoritario. En esos meses se acercó a algunos estudiantes de grados superiores que fungían como discretos líderes, que tenían opiniones propias, que le parecían algo disidentes y que iban adquiriendo una creciente capacidad de convocatoria. Nada que ver con los miembros de la sociedad de alumnos, cuya fama bien ganada los exhibía como oportunistas, oficialistas, entregados a las autoridades de la escuela y de la Secretaría de Agricultura, sometidos a los oficiales militares y en espera de la graduación para obtener buenos empleos en el gobierno.

Uno de esos estudiantes disidente y contestatario era Tomás Cervantes Cabeza de Vaca. Con frecuencia José María y sus amigos conversaban con ese compañero de quinto año y registraban con mucho interés sus opiniones críticas y objetivas. José María pensaba que Cabeza de Vaca no dejaba testa en su lugar. Lo mismo dirigía diatribas contra el programa escolar, que establecía prioridades para dirigir los conocimientos hacia el rescate del campo o hacia comentarios ácidos sobre políticos y líderes charros.

Eran tiempos de conflictos armados en muchas partes del mundo. La guerra de Vietnam parecía acaparar la atención de periódicos y noticieros de tv. Pero había otras guerras. Biafra, el Congo, Adén, las colonias portuguesas y las guerrillas en Venezuela o Bolivia. En alguna ocasión llegó a las manos de José María y sus amigos un ejemplar de la revista Life que presentaba un reportaje sobre la presencia de mercenarios en el conflicto del Congo. Se detallaban el tipo de acciones que ejecutaban, los salarios y prestaciones que recibían, los mandos de tropas que tenían y los períodos de servicio que cumplían. Eso y Vietnam echaron a volar la imaginación de algunos ingenuos que se llegaron a ver como oficiales de una tropa en Biafra o como pilotos de aeronaves del tipo F-5 o Skyrider en Indochina. En una plática amistosa con su comandante le llegaron a preguntar si había casos de mexicanos participando en esos conflictos. El teniente los vio divertido, confirmando la ignorancia e ingenuidad de los preguntones y les espetó con mucha seguridad “c…..apenas y saben marchar y ya se quieren meter en una guerra que ni es suya; ustedes no saben lo que es una guerra y esperemos que nunca lo sepan; sigan marchando y cargando los cuatro kilos de su mauser.”

El semestre siguió su curso. Las asignaturas parecían más difíciles. Exigían muchos repasos, muchos ejercicios. De copiar en los exámenes ni hablar. Eso era arriesgado y castigado severamente acercándose a la falta de honor. Que algún amigo le hiciera tareas mucho menos. Todos tenían su tiempo ocupado y distribuido. Así que no quedaba más que refunfuñar y seguir esforzándose. Pero una cosa seguía clara, las ciencias exactas no eran su fuerte.

Una novedad que se presentó en ese semestre fueron las visitas de estudiantes de otras escuelas con programas de estudio y esquemas de organización similares a la ENA. Una delegación de alumnos de la Escuela de Agricultura Hermanos Escobar de Ciudad Juárez visitó Chapingo durante unos días. Semanas más tarde llegó un grupo de estudiantes de la Escuela de Agricultura Antonio Narro de Saltillo. Una similitud era que esas dos escuelas también funcionaban como internados militarizados.

Una visita que resultó novedosa fue la de un grupo de alumnos con algunos de sus profesores y oficiales de la universidad de Texas A&M   (agricultura y mecánica). Se les atendió con cortesía, se les guio por las instalaciones, en especial el Colegio de Postgraduados y se les ofreció una cena. Los estudiantes norteamericanos decían estar impresionados con la elegancia de los uniformes de gala, tipo francés según ellos, y a los “chapingueros” les llamó la atención la elegante sencillez de los uniformes de los texanos, con su guerrera color café tabaco y el pantalón en tono beige. Se trató de una buena oportunidad para tratar de practicar lo aprendido en las clases de inglés sin dejar de recurrir a la ayuda de los pocos estudiantes texanos de origen mexicano. Esta visita reforzó el interés de los estudiantes de la ENA por buscar una beca para los cursos de postgrado en la Texas A&M o en la otra opción más buscada que era la Universidad de Wisconsin.

El anuncio de un acontecimiento obligó a los estudiantes a permanecer en la escuela un fin de semana. Se trató de una competencia hípica entre los escuadrones de caballería del Colegio Militar y el de la Escuela Nacional de Agricultura. Los obstáculos y las vallas se instalaron en el campo de futbol. Desde la mañana de ese sábado llegaron los camiones con los caballos y jinetes del escuadrón Ignacio Allende y una centena de cadetes para animar a los suyos. Las gradas del campo se llenaron y fue todo un espectáculo ver la competencia. A pesar de las porras encendidas y la sensación de que algo más que el deporte estaba en juego, el respeto y la disciplina se mantuvieron en las tribunas. No podía ser de otra manera. Más aún con la presencia de oficiales. Al final el triunfo correspondió a los jinetes de Chapingo. Se dijo que había sido determinante la calidad del entrenamiento de los competidores locales y las condiciones de sus caballos: más fuertes y ágiles, de mayor alzada y la prolongada relación entre jinete y animal.

Semanas después de los exámenes semestrales, en el curso del mes de agosto, se empezaron a conocer noticias sobre enfrentamientos entre estudiantes de la UNAM y el IPN con la policía y granaderos del D.F. Se conoció que los enfrentamientos escalaban en violencia y que ocurrían en muchos puntos de la ciudad. Al principio no se conocían mayores detalles sobre el origen del problema, pero poco a poco empezaron a llegar informaciones que daban cuenta de demandas como suprimir al cuerpo de granaderos, diálogo entre estudiantes y autoridades y libertad para los estudiantes aprehendidos.

Más adelante, algunos estudiantes convocaron a una reunión de información que tendría lugar en el auditorio de la escuela. En  función de liderazgo Cabeza de Vaca y otros alumnos se encargaron de informar que el problema estudiantil se estaba convirtiendo en conflicto, que las autoridades gubernamentales estaban cerradas al dialogo, que imponían la violencia y que ésta se extendía a planteles universitarios y politécnicos, que se había convocado a formar un consejo nacional de huelga, que la ENA no podía permanecer ajena a esa lucha, que, si había acuerdo, ellos podrían representar a la escuela en dicho consejo y que, también si había acuerdo, se instalaría una asamblea permanente. Todo fue aprobado.

José María y muchos de sus compañeros quedaron muy impresionados, pero con muchas dudas sobre la participación que podría tener una escuela militarizada en un problema como ese. Afortunadamente pudieron constatar, como todo el alumnado, la vigencia de un ambiente de respeto y tolerancia en el plantel. Los maestros y directivos no cuestionaban al régimen de disciplina militar, al contrario, lo respetaban y lo veían como uno de los valores fundamentales de la escuela. Por otra parte, la comandancia y los oficiales manifestaban su respeto no sólo por el programa académico o por el esquema de organización, sino también por las inquietudes de los jóvenes. Se llegó a decir que el coronel habría comunicado al director de la escuela que él y sus oficiales no iban a tratar de impedir las acciones o determinaciones de los estudiantes, siempre y cuando no se rompiera el orden ni se cometieran faltas graves de indisciplina.

A partir de esos días se hizo común la espera de noticias de lo que estaba pasando en el D.F. De tarde en tarde se convocaba a asambleas de información y se comunicaban, entre otras cosas, la sucesión de protestas, de huelgas en planteles, de ataques a prepas y vocacionales y se remarcaba la cerrazón del gobierno para escuchar y atender demandas.

La falta de medios para conocer más pormenores del conflicto aumentaba la inquietud y el interés de los alumnos. Se asumía que no se podía confiar en lo que exponían los periódicos, que además era difícil conseguir en la escuela. Los comentarios de los noticieros de tv y radio eran manipuladores y tendenciosos. Sólo quedaba lo que contaban profesores que vivían en el D.F. o lo que se podía conocer por amigos y familiares durante los fines de semana.

Una fuente de información confiable para José María y su pelotón era el mesero que atendía su mesa en el comedor. El “gallo” tenía un hijo estudiando en el IPN y a través de él llegaban noticias más fidedignas como los ataques a la prepa 1, a las escuelas del Casco de Santo Tomás, o la manifestación multitudinaria de los universitarios en la Av. Insurgentes.

A partir de la segunda semana de agosto empezó, como todos los años, la preparación de la participación de la escuela en las ceremonias de las fiestas patrias. Las prácticas y los ejercicios fueron aumentando. Sólo se mantenía una duda. Cómo se llevarían a cabo las ceremonias con tantos problemas en la ciudad.

La respuesta a dudas e inquietudes llegó un día, muy temprano, a principios del mes de septiembre. Para sorpresa de todos, profesores, alumnos y hasta oficiales, arribó a la escuela un convoy de camiones militares escoltados por tanquetas artilladas. De inmediato circuló la noticia, provocando inquietud y hasta temor. Ver desplegados a esos vehículos y a la tropa que transportaban despertaba dudas. El teniente no podía aclarar las preguntas. Se limitó a decir que el director, el coronel  y el comandante del convoy estaban reunidos en el edificio principal.

No se informó nada a los alumnos. En horas del mediodía observaron a la tropa cargando las cajas de mosquetones en los camiones. La maniobra incluía a la dotación mínima de munición, los marrazos, fornituras y hasta los instrumentos de la banda de guerra. Los alumnos sólo observaban las maniobras sin intervenir en absoluto por instrucciones previamente impartidas. Vaya que era difícil cargar unas 125 cajas conteniendo 1,250 mosquetones de 7mm. El convoy se retiró de manera ruidosa y ostentosa, eso le pareció a José María. También le llamó la atención el hecho de que ninguno de los oficiales o del personal de tropa les hubiera dirigido la palabra, inclusive se apreció que los oficiales habían ignorado el saludo reglamentario de los cadetes. Quedó la impresión de que todos esos militares los habían visto con desconfianza y hasta con rencor.

La comida se llevó a cabo en un ambiente de desconcierto e intranquilidad. Nadie conocía detalles. Esta vez ni siquiera el “gallo” tenía comentarios. Corrían rumores y versiones. Que si se habían llevado a Cabeza de Vaca y a Felipe Cárcamo. Que si habían llamado la atención al coronel  y a sus subalternos por tolerar la relación de la escuela con el consejo de huelga. Que si la operación había sido en prevención de que la ENA se declarara en huelga con todo ese armamento en el plantel (rifles viejos y propiamente sin dotación de municiones). Muchos rumores para la hora de la comida.

Todavía acomodados en el comedor llegó el director acompañado de un  grupo de maestros y funcionarios. Pidió la atención de todos, adelantando que tenía disposiciones que comunicar. El ingeniero de la Rosa informó que por acuerdo del gobierno de la República la Escuela Nacional de Agricultura suspendía sus actividades a partir de la fecha, que el plantel permanecería cerrado, que el contingente de alumnos quedaba franco hasta nueva orden  (un eufemismo), que los alumnos estaban autorizados a abandonar la escuela a partir de esa tarde y a más tardar 48 horas después y que a todos se les mantendría debidamente informados, vía correo o telégrafo, de la situación y de la probable fecha de reinicio de clases. Nadie se atrevió a preguntarle al director sobre el levantamiento de las armas, sobre la reacción del gobierno, o acerca de las causas que habrían motivado el cierre y la suspensión de actividades.

El director salió del salón. Todos se pusieron de pie en posición de firmes y sólo se escuchó el golpe de los tacones. Después vino el desconcierto, los murmullos y la inseguridad dibujada en los rostros.

José María empezó a caminar en dirección al dormitorio en compañía de sus amigos. Ninguno sabía qué hacer en el momento. En su confusión llegó a pensar en la probable incredulidad de sus padres que no aceptarían aquello del cierre de la escuela por decisión del gobierno y que pensarían en una expulsión o dada de baja de su hijo. Después de largas pláticas en la habitación tomó la determinación de que al día siguiente, lo más temprano posible, abandonaría la escuela. Un riesgo, un tanto exagerado, que habían contemplado los amigos era que regresara la tropa y se llevara detenidos a los que no cumplieran instrucciones. El resto de la tarde lo aprovecharía para preparar sus cosas. Eran muchas. Uniformes, artículos de baño, libros, apuntes y hasta una cobija eléctrica que le había regalado su madre.

Al día siguiente, después del desayuno, José María se preparó para salir de la escuela. Ya no habría guardia en la puerta principal ante la cual cuadrarse antes de abandonar el plantel. La despedida de amigos y compañeros le pareció larga y hasta triste. No había ninguna seguridad sobre el regreso y el reencuentro.  En ese estado de ánimo dejó el dormitorio de la cuarta compañía, pasó enfrente del edificio principal, viendo como otras veces la fuente de las ninfas y la estatua de Hércules, volteando hacia la fachada del auditorio. Recorrió la bella calzada llena de árboles hacia la puerta de salida y apreció que en efecto no había guardia. Vio la vieja estación de tren, que databa de la época porfiriana y que estaba en desuso y llegó a la carretera a esperar el autobús a Texcoco para de ahí abordar otro que lo llevaría a su colonia. En el trayecto de cerca de dos horas seguía dándole vueltas a lo que había ocurrido. No había certeza en la reanudación del curso. Y mantenía mucha incertidumbre en lo que estaba pasando con el ahora llamado conflicto estudiantil.

El reacomodo de tiempo completo en la casa paterna fue fácil. El reencuentro con los viejos amigos fue inmediato. Las reuniones seguían siendo espacios para hablar de proyectos personales, de música y moda, de lecturas y cine, de automóviles deportivos, de posibles viajes y de muchachas. Un nuevo elemento se había agregado a estas reuniones. De manera casi obligada se hablaba, se intercambiaban versiones, se citaban rumores, sobre la situación del movimiento estudiantil. Todos sus amigos eran estudiantes de preparatoria y vocacional que ahora estaban cerradas. José María se diferenciaba de ellos cuando relataba los tensos momentos y las escenas de la llegada de soldados a recoger armamento y del anuncio del cierre de la escuela.

Los hechos graves empezaron a ocurrir. Primero la ocupación de la Ciudad Universitaria por parte del ejército. Luego la represión generalizada en el zócalo. Y finalmente, la masacre en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. José María pensaba y compartía con sus padres y amistades aquello de otra vez Díaz Ordaz. Ese mes no quiso saber nada de ceremonias de fiestas patrias. Se negó a verlas por la tv. Tampoco quiso saber nada de los juegos olímpicos. No podía entender como la nación entera parecía ignorar todo lo que había ocurrido días antes y se sumergía en festejos alejados de la realidad nacional. ¡Qué falta de conciencia! concluía. Para alejarse de todo eso tomó la decisión de ir a Guadalajara. Buena oportunidad para saludar a tíos, primos y amistades. Le pareció irónico que sus tías le preguntaran porqué no había llegado enfundado en su uniforme de gala y trató de ignorar sus peticiones de que les enviara fotografías uniformado. Con su primo más cercano se fue a Puerto Vallarta, entonces comunicado por una carretera con tramos de pavimento y otros de terracería. A ese lugar no llegaban periódicos de la capital ni señal de tv. No quería saber nada de las olimpiadas. No había manera de conocer detalles de escuelas cerradas y ocupadas por los militares, ni de líderes estudiantiles metidos en la cárcel o de lo que habría ocurrido con el consejo de huelga. ¿Qué habría pasado con el movimiento? ¿Qué habría pasado con Cabeza de Vaca?

El mes de noviembre transcurrió sin noticias de Chapingo. La ENA seguía cerrada y ocupada por la tropa. José María se preguntaba por la suerte de los laboratorios, los animales de alto registro, la biblioteca, los campos de experimentación. Todo bajo control de los soldados.

Hacia diciembre José María recibió cartas de sus compañeros preguntando por novedades ya que, consideraban, él vivía más cerca de la escuela y podría darse una vuelta. En esos días previos a las festividades de fin de año se reunió con algunos de sus compañeros, aquellos que vivían en la colonia del Valle y el que era vecino de la Industrial. Los primeros, hijos de agrónomos, funcionarios de la Secretaría de Agricultura, comunicaron con alarma que sus padres les habían dicho que la reapertura de Chapingo iba a tardar muchos meses, que la ocupación militar se iba a prolongar y que todo parecía indicar que se trataba de un cobro de cuentas por parte de políticos de alto nivel por el carácter nacionalista, contestatario y comprometido de la escuela y su programa de estudios. De nada valían su prestigio académico, su nivel escolar o la fama bien ganada de plantel disciplinado. La reapertura no sería pronta ni fácil. Los jóvenes de la del Valle agregaron que, por consejo de sus padres, empezarían a buscar en enero próximo una escuela preparatoria en donde les revalidaran las materias cursadas y concluir el bachillerato. Ya se vería si continuaban los estudios de ingeniería en agronomía. Uno de ellos expresó que su padre consideraba la posibilidad de que, tomando en cuenta la calidad académica de Chapingo, enviar al hijo a estudiar a los Estados Unidos.

José María tomó muy en serio lo participado por sus amigos. Le dio muchas vueltas al asunto. Lo platicó seriamente con sus padres obteniendo de ellos el apoyo para los planes que decidiera tomar. La espera de meses en incertidumbre parecía mucha. La posibilidad de que la escuela no fuera a ser la misma era alta. Sería mucho el tiempo perdido. Reflexionando honestamente hasta se concedió la ventaja de que podría tratarse de una buena oportunidad para alejarse de las tan temidas ciencias exactas.

Así que José María tomó la importante y decisiva determinación de buscar la inscripción en una escuela preparatoria que le revalidara materias y que le permitiera concluir el bachillerato. Pediría su baja en Chapingo en cuanto fuera posible. Concluía con mucha satisfacción que él ya había sido cadete durante casi dos años. Había conocido y vivido la dura disciplina militar durante ese tiempo. De la escuela siempre tendría el recuerdo agradecido por las enseñanzas de esfuerzo y dedicación. Extrañaría al plantel y su vida de domingo a sábado. Trataría de recordar a las buenas amistades que hizo y lo compartido con ellos. Para José María los días de disciplina habían llegado a su fin.

“Lo más maravilloso de todo es la juventud…..no fue el mejor de los tiempos cuando éramos jóvenes?…..no es lo que echáis de menos?

Joseph Conrad en “Juventud”.

Everardo Suárez A.
Verano de 2017.


El autor de la presente narración es Embajador de México, jubilado.

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