III. PRIMERA ADSCRIPCIÓN Y NOVATADA

Llegué a la capital nicaragüense el día 1º de mayo de 1973. Viajé en un vuelo “lechero” de la línea Pan American, así calificado por efectuar en el no tan largo tramo entre el D.F. y Managua, escalas previas en ciudad Guatemala y San Salvador.

Ya oscurecía al sobrevolar lo que quedó de la ciudad tras el terrible terremoto del 23 de diciembre de 1972, que segó la vida de varios miles de personas en esa fatídica víspera de Navidad.

Al bajar del avión por la escalinata movible que era usual en esos años, me saludó un hombre al que calculé una edad cercana a 45 años. Se presentó como el canciller Moisés Medina, quien había sido comisionado por el embajador Eusebio Antonio de Icaza González para recibirme y llevarme al alojamiento en el que supuse me quedaría por unos días, en tanto consiguiera alojamiento permanente y me llegaran mis primeros emolumentos.

Salimos luego de una espera razonable, aunque mi maleta fue de las últimas en salir. Subimos a su automóvil y nos dirigimos por la llamada carretera Norte hacia el centro de la Ciudad. Conforme avanzábamos pude percibir la devastación que dejó el terremoto. Cuadras y cuadras de lo que apenas unos meses atrás eran casas y que ahora solamente eran lotes baldíos donde la hierba crecía rápidamente, cubriendo lo poco que quedó de los muros de las construcciones.

El camino no fue fácil; había desvíos obligatorios pues de pronto llegábamos a áreas donde aún no se concluía la remoción de escombros. El canciller Medina me señaló un edificio que parecía haber resistido la fuerza del sismo; me dijo que eran las instalaciones del Banco Central de Nicaragua y que no era utilizable pues los cimientos estaban fracturados irremediablemente, por lo que eventualmente debería ser derruido.

Tras pasar por otras áreas desoladas, finalmente llegamos a lo que Moi (como después me enteré le decían los compañeros de la embajada) me informó que era el inicio de la carretera Managua-Masaya-Granada y que unos kilómetros más adelante llegaríamos al reparto (algo así como nuestras colonias) Las Colinas, donde se encontraba la residencia del embajador y la cancillería; fue en ese momento que Moisés me dijo que me llevaba a la residencia oficial, pues ahí me alojaría en vista de que no existía por el momento ninguna otra opción.

Llegamos finalmente a la residencia estando ya completamente oscuro; al bajar del auto sentí lo caliente que era la temperatura ambiente y calculé que deberíamos estar sobre los 30 grados Celsius y que la humedad era también muy elevada. Al abrir la puerta, salieron dos perros dálmatas propiedad del embajador, canes muy cariñosos y juguetones a los que creí haberles gustado pues me siguieron luego de que los acaricié cuando me saltaron animosamente.

Ingresamos a la casa, sobria y con mucha ventilación natural, adecuada para el clima tropical del país; entré y me saludaron un hombre y una mujer; él era un ingeniero de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) que se encontraba en el país dirigiendo la construcción de la Escuela México, donación del gobierno mexicano al sufrido pueblo nicaragüense. Ella, se presentó muy gentilmente como Irma Elena Ang, canciller y secretaria del embajador de Icaza. La verdad es que yo estaba aún aturdido por el vuelo, primero que efectuaba en un aparato jet pues las experiencias previas de mi infancia  se reducían a vuelos cortos –pero complicados- en avionetas entre mi ciudad natal Chilpancingo y poblaciones de la Tierra Caliente guerrerense como Arcelia, adonde ocasionalmente mi padre me llevaba cuando su trabajo consistía en revisar las recaudaciones hacendarias estatales.

Me comentaron tanto el ingeniero, como la canciller Ang, que el embajador estaba en un compromiso oficial en el Comité Nacional de Emergencia, que se había constituido a raíz del sismo y que le había caído como anillo al dedo al general Anastasio Somoza Debayle, quien formalmente sólo ostentaba el cargo de Jefe Director de la odiada y temida Guardia Nacional (GN), para recuperar indirectamente las riendas del país, pese a la existencia de un gobierno de tres personas (los Triunviros, les denominaba la sabiduría popular), pues se  autonombró para presidirlo. Hube entonces de esperar más de dos horas a que el embajador retornara y pasé ese tiempo charlando con el ingeniero, con Moisés Medina y con Irma Elena Ang.

Creía que iba a quedarme dormido en el equipal en que me senté, en el jardín trasero de la residencia, buena parte del cual era cubierto por un inmenso aguacatero que pronto aprendí a temer, pues cuando se oía ruido entre sus hojas significaba que uno de sus cientos de frutos caía y que había que cubrirse la cabeza para no correr el riesgo de que el aguacate atinara a la cabeza de alguno de nosotros, pues eran de una variedad grande (pagua o pahua), pesaban cerca de  ½ kilo y sería lógico que causasen fractura al desafortunado a quien golpeara.

Finalmente llegó el embajador; era bastante joven –le calculé que no llegaba a los 40 años- y se le veía animado. Me saludó con amabilidad, me dio la bienvenida y dio indicaciones al mesero para que nos sirviera algún licor. Eran ya casi las 12 de la noche y mi nuevo jefe se animó a comentar sobre los eventos en que había participado en la reunión del Comité Nacional de Emergencia, en las que era permanente invitado, pues México había ofrecido elaborar el Plano Regulador para la reconstrucción de Managua, tema que evidentemente era del interés del ingeniero de la SCT, lo que hizo que la conversación se alargara por espacio de hora y media.

En algún momento el embajador manifestó que era hora de irse a descansar pues el horario de trabajo en las oficinas iniciaba a las 08:00 en punto. Nuevamente me dio la bienvenida y me  pidió estar puntual a iniciar mis labores.

Cuando llegué a mi recámara, me di cuenta que no había un reloj despertador ni uno de esos radio-relojes que comenzaban a estar de moda; pensé en salir a pedir alguno de ellos o, al menos, pedirle al personal doméstico que alguno de ellos me despertara. Sin embargo, ya toda la residencia estaba a oscuras y aunque preocupado me acosté y prontamente entré en un profundo sueño.

Cuando desperté, instintivamente busqué  mi reloj y con cierto temor me di cuenta que ya eran las 08:10, es decir que ya estaba yo atrasado y que hiciera lo que hiciera tendría que disculparme adecuadamente con el embajador. Me di una ducha rápidamente, me vestí con la única guayabera que había traído y salí a la calle –sin desayunar- para caminar los 400 metros que separaban la residencia de las oficinas, distancia suficiente para sudar a cántaros.

Abrí la puerta de las oficinas, que estaban instaladas en otra residencia, no tan grande y hermosa como la que ocupábamos, pero igualmente agradable y adecuada para el clima caluroso que es característico de Managua. Al entrar, vi al canciller Medina, quien sudaba copiosamente y se limpiaba el sudor con un paliacate, me vio y dijo con el rostro descompuesto:

  • “Te está esperando el embajador… que pases inmediatamente a su despacho”.

Por la cara que puso nuevamente me invadió una sensación de inseguridad, si bien aún creía yo tener el aplomo suficiente para disculparme con las muy razonables justificaciones de no contar con un despertador, de mi falta de costumbre de ingerir licores y del natural cansancio de casi 8 horas de vuelo y escalas (un vuelo directo entre México y Managua toma aproximadamente 2:30 horas) producto de las escalas en las capitales chapina (guatemalteca) y guanaca (salvadoreña).

Aunque estaba abierto el despacho me asomé y toque la puerta, el embajador levantó ligeramente la cabeza, me vio y dijo con sequedad:

  • Pase y siéntese compañero.

Sin darme oportunidad a hablar, de inmediato me dijo:

  • Mire usted compañero, anoche le indiqué claramente el horario de labores;

Quise balbucear una respuesta pero él continuó:

  • Usted está apenas empezando a pasar por lo que yo ya pasé hace muchos años; le advierto que soy estricto con el cumplimiento de los horarios; no quiero ninguna explicación ni excusa. Que sea la última vez que esto suceda. Vaya con Irma Elena para que le muestre su oficina.

Desanimado por el regaño, definitivamente inmerecido, salí del despacho y me dirigí al escritorio de ella, a quien había saludado de lejos a mi llegada. Me llevó a mi oficina, me dio las llaves del escritorio, papel, plumas, gomas, clips y otros insumos y me dejó sentado, anonadado, pensando que mi presentación no podía haber sido peor y que de seguir así, mi estancia en Managua sería muy, muy corta.

Pero todavía me faltaba enfrentar otra prueba a mi novatez,  ingenuidad e ignorancia. Llevaba unos cuantos minutos en mi despacho, tratando de ordenarlo y hacerlo un espacio propio, cuando Irma Elena entró y me dijo que el embajador me requería nuevamente.

Acudí a su despacho y me dijo:

  • Mire Vicecónsul Romero, el compañero Moisés Medina debe ir a la aduana a efectuar trámites para retirar envíos de la Secretaría, así que le agradeceré hacerse cargo de la sección consular.

No encontré razón alguna para oponerme, así que le respondí que de inmediato lo haría. Salí del despacho y me acerqué al escritorio donde Moi atendía a solicitantes de visa o de tarjeta de turismo. Él me reiteró la encomienda que le había asignado el embajador y me señaló donde se encontraban los sellos para visar los pasaportes y las tarjetas de turismo, me deseó buena suerte y se encaminó a la salida de la cancillería.

Me senté de inmediato en ese lugar y me preparé para atender a cerca de 10 personas, de nacionalidades diferentes, que ya llenaban los formularios de solicitud. Conforme cada uno de ellos fue pasando al mostrador revisé con atención que hubieran recabado toda la información que se les pedía incluir, les pedía sus fotografías para pegarlas al formulario y acto seguido les estampaba el sello de la visa, del lugar y la fecha y la firmaba, entregándoles al mismo tiempo la tarjeta de turista, pidiéndoles que la llenaran también completa y cuidadosamente y les deseaba que tuvieran una agradable estancia en México.

Así pasaron casi imperceptiblemente casi tres horas y conforme a los horarios establecidos cerramos el acceso y colocamos un letrero que indicaba que el servicio de atención al público se reanudaba a las 2:30 de la tarde y concluía a las 16:30 horas.

Minutos después regresó el canciller Medina, a quien comenté que había otorgado 13 o 14 visas. Le devolví los sellos y las tarjetas de turista y me preguntó por el dinero:

  • ¿Qué dinero?, le inquirí.
  • El de las visas cobradas, me respondió, indicándome que había dado 5 visas a ciudadanos panameños y otras dos a ciudadanos colombianos. Ah, balbucee, ¿qué, acaso se cobran?…

Compungido, el pobre Moi me dijo que con la carrera para llegar a tiempo a la Aduana, que estaba cerca del aeropuerto, muy lejos de Las Colinas, había olvidado mostrarme que dentro de su escritorio había una tabla que contenía los derechos consulares que se cobraban y que variaban según la nacionalidad del solicitante, que a los nicaragüenses, por ejemplo, se les daba visa que se expedía gratuitamente, en tanto que a ciudadanos panameños, colombianos y otras nacionalidades de Sudamérica sí se les cobraban derechos de expedición que ascendían a 13 dólares por persona; también me informó que había países cuyos ciudadanos eran considerados en el rubro de “nacionalidad restringida”, lo que indicaba que para documentarle se debía contar con un permiso previo de la Secretaría de Gobernación, como era el caso de cubanos y dominicanos, entre otros latinoamericanos (afortunadamente no documenté a ninguno).

En conclusión, me comentó que me faltaban 91 dólares. Simplemente no supe qué decirle y le comenté que mi capital era en ese momento de 740 dólares, parte producto del dinero correspondiente a mis gastos de instalación, que creo recordar habían sido 680 dólares, más unos pocos dólares adicionales de mi escuálido bolsillo.

En eso estábamos cuando el embajador Icaza salió de su despacho, de muy buen talante, nos miró y preguntó qué sucedía; le comenté mi tremenda novatada y, para mi sorpresa, rio a carcajadas por unos instantes y luego le preguntó al canciller cuánto dinero era el faltante; Moisés le dijo la suma, se metió la mano al bolsillo y sacó suficientes billetes de la moneda nacional, el Córdoba, que por ese entonces se cotizaba a 7 por dólar, se los entregó, volteó hacia mí y dijo, Enrique, vámonos a comer porque hay que regresar a las 14:30; llamó también a Irma Elena y juntos salimos para desandar el corto tramo hasta llegar a la residencia.

En el camino me preguntó si jugaba ajedrez; le dije que sí, pero que no era muy ducho en el deporte ciencia, pues aunque algo aprendí en secundaria y preparatoria, tenía ya varios años  sin practicarlo pues era difícil encontrar quien lo practicase. Tan pronto llegamos a la residencia y luego de calmar la efusividad de los dálmatas, el embajador llamó a José, quien hacía funciones de jardinero y mesero, le pidió que nos sirviera un trago y que trajera el tablero de ajedrez a la estancia del frondoso aguacatal. Ya se encontraba ahí el ingeniero de la SCT, quien se apresuró a saludar al embajador y a mí, en tanto que Irma Elena pidió permiso para ir a ponerse otra ropa.

Ya contando con el juego de ajedrez, el embajador Icaza me dijo que, para empezar, él jugaría con las blancas y que me haría una jugada que llevaba un nombre que me sonó a alemán; le dije que estaba bien pero que yo no conocía jugadas de libro, por lo que sonrió. Entre charla y jugadas rápidas llegamos a un punto muerto; el embajador dijo algo así como que yo no había jugado como era en la jugada del libro, por lo que estaba confundido. Me excusé por mi ignorancia pero jugué con decisión y rápidamente le quité un caballo y un alfil, sin entregar nada a cambio y rindió su rey, pero expresó: otro juego, porque tenemos tiempo antes de que nos sirvan el almuerzo, así que me correspondió jugar con blancas.

Abrí con la clásica jugada que amenaza dar el Mate del Pastor, pero el embajador lo neutralizó rápidamente, aunque se mantuvo a la defensiva hasta que nuevamente le fui sacando ventaja posicional y de piezas, por lo que nuevamente se rindió y pidió jugar otra mano, diciéndole a José que informara a la cocinera que todavía no sirviera los alimentos. Otra vez logré ventaja rápidamente y noté que se ponía un poco rojo, rindió su rey y dijo con desaliento, el último…

Con ese panorama, decidí que no resultaba conveniente seguir ganándole y cometí algunos errores exprofeso. El embajador se regodeó al ver que me quitaba una torre y luego un alfil; su rostro se iluminó y dijo, Enriquito está usted perdido, ríndase; accedí y ordenó servir la comida, me dijo que jugaríamos diariamente y que estaba encantado de tener un rival que le obligara a esforzarse.

Ese primer día de trabajo en mi primera adscripción como novicio miembro del Servicio Exterior Mexicano que era, concluyó de manera completamente distinta a como había comenzado y se constituyó en el fundamento de una muy buena relación con el embajador Antonio de Icaza.

Embajador Enrique A. Romero Cuevas,

Diciembre de 2017.


El Autor es Embajador de México (R)

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