III. COMBATIENTES EXTRANJEROS EN MÉXICO

A pesar de la importancia de los
conflictos armados en México su
relevancia no se conoce completamente
a fondo y siguen surgiendo historias y
personajes sorprendentes.

Adolfo Arrioja Vizcaíno.

La historia de México registra la participación de combatientes extranjeros en casi todos los conflictos armados que han tenido lugar en el país.

La presencia de esos combatientes se ha expresado en forma de voluntarios, fuerzas de ocupación, ejércitos regulares y mercenarios.

Desde la guerra de independencia, pasando por la guerra con los Estados Unidos, la guerra de Intervención francesa, hasta las distintas etapas de lucha armada del período conocido como Revolución Mexicana los combatientes extranjeros tuvieron presencia y activa participación.

En la historiografía oficial se puede apreciar que a algunos de esos combatientes se les da el tratamiento de libertadores o voluntarios, a otros de traidores o invasores, a algunos más de aventureros, filibusteros y mercenarios. Se puede afirmar que el primer caso de combatiente extranjero que recoge la historia de nuestro país es el de Francisco Javier Mina.

Mina fue un idealista y militar español que combatió a la ocupación francesa en su país y al término de ésta, luchó contra el rey Fernando VII para restablecer la Constitución de Cádiz, desplegando sus campañas durante los años 1809-1814. Exiliado en Londres en 1816 conoció a Fray Servando Teresa de Mier quien lo alentó a luchar por la independencia de México. Con el patrocinio de algunos nobles y banqueros ingleses Mina integró a un grupo de oficiales españoles, italianos e ingleses para que lo acompañaran en su expedición. En 1816, después de una estancia en los Estados Unidos, Mina se estableció temporalmente en Haití en donde, coincidiendo con Simón Bolívar, recibió financiamiento de la joven república haitiana para su incursión en territorio novohispano.

En abril de 1817 Mina y su brigada desembarcaron en Soto la Marina, Tamaulipas, desde donde se dirigieron al centro del país para integrarse a las fuerzas de Pedro Moreno. En el inicio de sus operaciones el contingente de Mina estuvo integrado por su cuerpo de oficiales europeos y cerca de 300 voluntarios haitianos, quienes fueron conocidos por insurgentes y realistas como “el batallón de los negros”. Después de librar combates en regiones de San Luis Potosí y Guanajuato Mina y Moreno fueron derrotados en el rancho de El Venadito. Mina fue aprehendido por las fuerzas realistas y fusilado el 11 de noviembre de 1817, cerca de Pénjamo, Guanajuato, acusado de traición.

Otro episodio que registra la presencia de combatientes extranjeros ocurrió durante la guerra con los Estados Unidos 1846-1848. En este conflicto se registró la deserción de una unidad de las fuerzas armadas norteamericanas para enlistarse en el ejército mexicano. Ese grupo de soldados es conocido como el Batallón de San Patricio porque en su gran mayoría eran de origen irlandés, aunque en sus filas figuraron elementos de origen inglés, escocés, polaco, francés, alemán, italiano y canadiense. Unos factores comunes que identificaban a esos combatientes eran su condición de inmigrantes en los Estados Unidos, su incorporación al ejército estadounidense por leva o pobreza y su religión católica.

El batallón estuvo integrado por cerca de 700 efectivos, agrupados en dos compañías de artillería e infantería, comandados por John O´Reilley y Abraham Fitzpatrick (antiguos oficiales en los ejércitos de Inglaterra y los Estados Unidos) y se reconoció su actuación en las batallas de Monterrey, Buena Vista, Cerro Gordo y Churubusco.

El caso del Batallón de San Patricio es recogido por la historia oficial con singular importancia. Se omite su condición de desertores y se destaca su participación al lado de las fuerzas armadas nacionales. Se reconoce su solidaridad, su compromiso con la causa nacional, su abnegación y sacrificio y se le ha colocado en el almanaque de los próceres que venera la historia de nuestro país.

Un capitulo histórico que detalla una acción de filibusterismo, de agresión armada contra el país y de intento de sustraer territorio a la soberanía nacional fue la aventura emprendida por el estadounidense William Walker, que intentó conquistar Sonora y Baja California entre los años 1853 y 1854 para proclamar la “República de Sonora”. La intentona de Walker terminó en fracaso por diversas razones. El gobierno de los Estados Unidos no lo apoyó. Walker ignoró que los gobiernos de México y Estados Unidos habían firmado el Tratado de la Mesilla que cedió territorio a la parte norteamericana y reconoció los nuevos límites entre los dos países. La fuerza filibustera de Walker compuesta por 135 aventureros (mineros, gambusinos y exploradores estadounidenses y europeos) no pudo oponer resistencia a los contingentes gubernamentales comandados por el general Antonio Meléndrez. Al final de esta aventura Walker y sus filibusteros cruzaron la frontera de regreso a los Estados Unidos en mayo de 1854 y fueron aprehendidos por el ejército norteamericano.

La intervención francesa y la instauración del llamado imperio de Maximiliano debe ser vista como una guerra de agresión, en la que combatieron fuerzas regulares de México y de Francia, apoyadas éstas por regimientos de los ejércitos de Austria y Bélgica. En este conflicto tuvo activa y amplia participación la Legión Extranjera de Francia con efectivos europeos, sudaneses, egipcios, argelinos, entre otros. No obstante el origen nacional diverso de los legionarios estos combatientes estaban encuadrados formalmente en el ejército de Francia. Sin embargo, en este conflicto aparecen distintos personajes que cumplieron papeles de voluntarios, mercenarios o simplemente de aventureros.

En el bando imperialista la historia destaca la participación de varios oficiales, veteranos de otros conflictos, de origen aristocrático y que bien podrían ubicarse en las categorías de mercenarios o aventureros, ya que no formaban parte del ejército francés. Tales fueron los casos del príncipe Félix Salm Salm, prusiano, veterano de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos en donde combatió en el bando de la unión y que acompañó a Maximiliano durante el sitio de Querétaro y la derrota del imperio. Otro caso es el del príncipe austriaco Carl Khevenhuller que formó parte de la escolta y estado mayor de Maximiliano.

En las fuerzas republicanas el autor Paco Ignacio Taibo II (“Patria”, vol.3, editorial Planeta, 2017) identifica a varios oficiales extranjeros que estuvieron encuadrados en la comandancia del general Mariano Escobedo. Entre ellos al teniente coronel Edelmiro Mayer, argentino, formado en la academia militar de los Estados Unidos o al capitán Karl von Gagern, prusiano y profesor del colegio militar de Chapultepec. Unos oficiales estadounidenses que formaron parte del ejército juarista fueron el capitán John Beady y el teniente J. Pluke.

Algunos historiadores como Taibo se han ocupado de investigar las versiones que indican que, al término de la guerra civil de los Estados Unidos, numerosos oficiales y soldados confederados se dieron de alta en el ejército imperial como recurso para alejarse de la derrota sufrida por los sureños y atraídos por la oferta de buenos salarios y tierras. Esto sin descontar la posible identificación ideológica entre confederados sureños y conservadores e imperialistas en México.

Esas versiones también dan cuenta de que oficiales del ejército de la unión de los Estados Unidos se enlistaron en las fuerzas republicanas, particularmente como instructores, ya que hacia el final de la guerra de intervención y principalmente durante el sitio de Querétaro, los juaristas empezaron a recibir fusiles de repetición y artillería moderna procedentes de los Estados Unidos.

Un ejemplo de la presencia de norteamericanos en las fuerzas de ocupación francesas es el del coronel Jason Jeremiah James, oficial del cuarto regimiento de la legión extranjera, veterano de la guerra entre México y Estados Unidos, cuya actuación en el conflicto es relatada en forma novelada por el autor estadounidense Norman Zollinger en su libro “Chapultepec”, Javier Vergara Editor, 1997.

Antes de abordar la participación de mercenarios y combatientes en las distintas etapas de la Revolución Mexicana, resulta de interés señalar que los años finales del siglo XIX y los primeros del XX se caracterizaron, entre otras cosas, por el acelerado desarrollo que se registró en materia tecnológica e industrial y su incidencia en la fabricación de armamento novedoso y eficaz y por añadidura en el diseño de nuevas tácticas de combate. Fue en esa época cuando el concierto mundial acuñó y vivió los conceptos de paz armada y carrera armamentista.

Para esas fechas el ejército mexicano mostraba signos de anquilosamiento y atraso tecnológico. Las fuerzas armadas no escapaban de la decadencia del régimen porfirista. El país seguía contando con un ejército del siglo XIX con escaso adiestramiento, material de guerra vetusto, con la leva como recurso de reclutamiento y con una alta oficialidad sin experiencia de guerra moderna; viejos generales que databan de la guerra de intervención y de las campañas contra comunidades indígenas (mayas, apaches o yaquis). En suma, se contaba con un ejército para garantizar la estabilidad del régimen y para reprimir expresiones de inconformidad. Los críticos del porfiriato decían que el país contaba con unas fuerzas armadas para su lucimiento en desfiles y festividades y llegado el caso para reprimir movimientos obreros y campesinos.

Así entonces, se podrá asumir que el ejército mexicano se encontraba muy atrasado en cuestiones de organización y despliegue de unidades, transporte de tropas, fabricación de armamento (se dependía de los Estados Unidos, Francia y Alemania) o aprovechamiento de recursos tecnológicos (en artillería, balística o la incipiente aviación).

Hacia 1910 se podía apreciar que las fuerzas armadas carecían de recursos que en otros ejércitos eran cosas comunes. En materia de movilización y transporte se seguía dependiendo de la caballería, no se aprovechaba la red ferroviaria. Se seguía utilizando armamento con limitada capacidad de fuego, no se tenían mosquetes de repetición automáticos y eran escasas las ametralladoras y sus operadores. La artillería seguía utilizando calibres del siglo pasado. No se contaba con servicios de observación con globos o dirigibles. Y las comunicaciones seguían dependiendo de mensajeros sin aprovechar la red telegráfica instalada o el sistema telefónico que empezaba a extenderse. Por ello no sorprende que al iniciarse el conflicto armado en noviembre de 1910, el ejército y los rebeldes tuvieron que recurrir a la contratación de extranjeros con experiencia y entrenamiento para operar ametralladoras, tripular aeroplanos y hasta para realizar misiones de inteligencia.

Con toda probabilidad el primer mercenario que registra la historia de la Revolución Mexicana fue el aviador francés René Simon, quien fue contratado por el gobierno de Porfirio Díaz para realizar vuelos de observación sobre las posiciones de las fuerzas rebeldes. Simon fue piloto de un espectáculo aéreo en los Estados Unidos, tripulaba un aparato Blériot, llevó a cabo vuelos de observación en Chihuahua, voló para las fuerzas federales durante la batalla de Ciudad Juárez y fue condecorado por Porfirio Díaz semanas antes de la caída de su régimen.

El golpe de estado de Victoriano Huerta y el inicio de la lucha entre federales y constitucionalistas propició la contratación de aviadores norteamericanos y europeos que prestaron sus servicios a uno y otro bando. El primero en llegar a México fue el estadounidense John Hector Worden (de origen indio cherokee) que voló para las fuerzas federales de Huerta en 1913 en misiones de observación y exploración. Worden recibió el rango de oficial del ejército federal.

En la medida que el conflicto se expandió el bando constitucionalista entendió la importancia de las labores de observación que se hacían desde aeroplanos. De esta forma el aviador franco americano Didier Mason fue contratado. Se le ofreció un salario de 300 dólares mensuales más 50 por cada vuelo de reconocimiento. El estado mayor constitucionalista dispuso la compra de un biplano Martin con valor de 5,000 dólares con capacidad de cargar bombas. Mason y su mecánico Thomas J. Dean realizaron sus vuelos de reconocimiento en la región norte de Sonora.

A Didier Mason y a su aeroplano bautizado como “Sonora” se les atribuye el primer ataque aeronaval de la historia militar cuando bombardeó los cañoneros Guerrero, Morelos y Tampico en el puerto de Guaymas, el 30 de mayo de 1913. En el verano de 1913 la División del Norte de Francisco Villa contrató al piloto estadounidense Dean Ivan Lamb para que localizara y derribara a otro aviador norteamericano, Phil Raeder, al servicio de los huertistas que había estado acosando a los villistas desde el aire. El encuentro entre Lamb y Raeder se dio sobre Naco, Sonora y es considerado como el primer duelo armado en el aire. Ambos utilizaron sus revólveres (los aparatos aún no estaban artillados) y Raeder fue obligado a descender y retirarse.

En febrero de 1914 fue contratado Lester Barlow, estadounidense, como aviador y organizador de lo que se denominó “Aviación de la División del Norte”. Para tal efecto Villa dispuso que se adquirieran tres aparatos del tipo Curtiss, Wright y Christofferson. Para tripular estos aeroplanos se contrató a otro norteamericano llamado Howard Rinehart y se entrenó al capitán Gustavo Salinas, sobrino de Venustiano Carranza.

Los datos inherentes a la participación de aviadores extranjeros en esta etapa de la Revolución Mexicana fueron tomados de la publicación “Soldiers of Fortune” de Sterling Seagrave, Time-Life Books, 1981.

Otro combatiente extranjero que participó en la Revolución Mexicana fue el italiano José “Peppino” Garibaldi (nieto del unificador de Italia) que luchó con las fuerzas anti-reeleccionistas de Francisco I. Madero, alcanzando inclusive el grado de general. Garibaldi llegó a Chihuahua a principios de 1910, procedente de Sudáfrica y Venezuela en donde combatió en la guerra boer y la guerra civil respectivamente. En 1911 se sumó al movimiento maderista y se distinguió en las batallas de Casas Grandes y Ciudad Juárez. Las diferencias con los generales Francisco Villa y Pascual Orozco, que desconfiaban de él por su condición de extranjero, lo obligaron a salir del país. Garibaldi murió en Italia en 1950. En este caso se observa que la filiación democrática y liberal de Garibaldi y su participación en el movimiento contra la dictadura de Díaz propician que a su figura histórica se le dé el tratamiento de voluntario y se descarte cualquier connotación de mercenario o aventurero.

El sueco Ivar Thord-Gray fue un militar que estuvo al servicio de los Estados Unidos y Gran Bretaña y que tuvo participación en diversos conflictos como la guerra de los boxers en China, la guerra de los boers en Sudáfrica, la guerra hispano-americana en Filipinas y la guerra entre rusos rojos y blancos en la naciente Unión Soviética. Queda claro que Thord-Gray fue un soldado de fortuna, además de marino mercante.

Thord-Gray llegó a México en 1913 y de inmediato se integró a la División del Norte como experto en artillería. Este personaje se ganó la confianza y amistad de Francisco Villa lo que le permitió ganar ascensos hasta el rango de coronel. El transcurso de la guerra entre federales y constitucionalistas lo llevó a prestar servicios a las fuerzas de Venustiano Carranza, Álvaro Obregón y Lucio Blanco. Thord-Gray se retiró a los Estado Unidos para organizar la guardia nacional de Florida y murió en ese país en 1964.

En distintas publicaciones dedicadas a la Revolución Mexicana, a la División del Norte o la biografía de Francisco Villa, se alude a la existencia de una “legión extranjera villista”. Aunque parezca exagerado el término se cuenta con información documental que acredita la presencia de combatientes extranjeros, en calidad de voluntarios, aventureros o mercenarios, en las fuerzas de Villa. Se ha llegado a afirmar que en las batallas de Torreón y Zacatecas -decisivas para el movimiento constitucionalista-, intervinieron cerca de 400 combatientes extranjeros agrupados en los batallones de la División del Norte.

De acuerdo con esas fuentes informativas un numeroso grupo de estadounidenses formaron parte de los contingentes villistas. Tex O´Reilley, Benjamin Turner, John Madison y D.R. Creswell fueron oficiales en la escolta personal de Villa, los famosos dorados. Los capitanes Emil Holmdahl y Marcial Poole fueron artilleros a las órdenes del general Felipe Ángeles. Maurice McDonald fue oficial ametralladorista. Lemuel L. Dupré fue instructor de tiro y Patrick Calhoun fue ingeniero militar.

Otros combatientes extranjeros fueron los capitanes Edward Clarence, Trelawney-Ansell y Thomas Lewis, ingleses, y veteranos de las guerras coloniales africanas. Los canadienses Allan Treston, Tillson Lever, Harrison y Hilliard Lyle, expertos en el uso de ametralladoras. Los holandeses Henry Gerrit y Hofman Vanderberg, oficiales de caballería. Bernard Cyril neozelandés. Alfredo Marinelly y Giuseppe Porto, italianos, artilleros y veteranos garibaldinos.

A los anteriores habría que agregar a algunos médicos y enfermeros que formaron parte de la Brigada Sanitaria de la División del Norte. Muchos de ellos norteamericanos.

Finalmente, se puede hacer referencia al caso del alemán Félix Sommerfeld, miembro del servicio de inteligencia naval del Imperio Alemán que llegó a México en 1911. Veterano de la guerra de los boxers en China, Sommerfeld fue un activo agente que llegó a acercarse al círculo cercano del presidente Francisco I. Madero, proporcionando servicios de espionaje al gobierno y de seguridad para el presidente. Otra de las funciones de Sommerfeld fue la de gestionar compras de armamento moderno para el ejército. Una misión encomendada a este personaje por sus superiores fue la de ubicar posibles puntos en las costas mexicanas que pudieran servir como bases para la flota de submarinos alemanes y, eventualmente, explorar las posibilidades de conseguir las autorizaciones. La cercanía de Sommerfeld con Madero propició que éste lo nombrara jefe de la policía de la Ciudad de México durante los meses previos al golpe de estado de febrero de 1913.

Evitando su arresto y posible fusilamiento por parte de Victoriano Huerta, Sommerfeld se estableció en la frontera norte para funcionar como enlace del movimiento constitucionalista para adquirir armamento en los Estados Unidos y conseguir servicios de inteligencia en ese país. Al comenzar la Primera Guerra Mundial en 1914 este personaje regresó a Alemania para desempeñarse como agente del servicio de espionaje alemán. Felix Sommerfeld no fue un combatiente en la Revolución Mexicana. Desempeñó funciones de espía y consejero en materia de inteligencia y seguridad del presidente Madero. Fue proveedor de armamento e información para el movimiento constitucionalista. No se le podría calificar como voluntario, tal vez se podría acercar más a las categorías de aventurero o inclusive de mercenario al servicio de su país.

Everardo Suárez A. /Marzo de 2018.


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