III. UN ADIÓS CON GRAN DEFERENCIA

Esa mañana del lunes 7 de agosto del año 2000, sorpresivamente el Primer Secretario  Guillermo José Liborio Edgar Francisco Landa Velázquez de la Cadena, fue informado por la recepcionista de nuestra embajada en Asunción, Paraguay, que tenía en la línea al secretario privado de la señora Secretaria de Relaciones Exteriores, Rosario Green Macías.

Azorado por este acontecimiento, no hallaba que hacer hasta que, por fin, se dirigió a su oficina y tomó el aparato.

-En tono amable dijo: buenooo, aquí Guillermo Landa.

-Una voz femenina le respondió: ¿estoy hablando con el primer secretario Landa Velázquez?

-Sí señorita, respondió él. Un momento por favor, le voy a comunicar con el secretario privado del secretario particular de la señora secretaria Green.

Landa no salía de su asombro, mientras en el teléfono sonaba un fragmento de música clásica. Esperó varios segundos y, de pronto, una voz fingidamente amable le dijo:

-Compañero González… perdón, Landa Velázquez. Qué gusto saludarlo, ¿la salud va bien?

Landa iba a decir algo, pero el secretario privado del particular no le dio tiempo y continuó:

-Querido compañero, le llamo porque la señora secretaria Rosario Green le va a dirigir una carta personal urgente, u r g e n t e, repitió y deseo que usted me proporcione su dirección particular. Se va a mandar por DHL. Reiteró, una carta personal y urgente…

Atónito y emocionado Guillermo no pudo darle su dirección particular, sino la de la cancillería de nuestra misión. El secretario privado tomó nota a mano y repitió la dirección proporcionada por Landa tres veces, reiterando, antes de despedirse, el carácter especial de la comunicación.

El funcionario de la secretaría tomó el intercomunicador y marcó la extensión de su secretaria:

-Olguitaaaa, venga por favor.

La secretaria tomó su libreta de anotaciones, se arregló un poco el cabello y la falda y entró a la oficina de su jefe luciendo una gran sonrisa. Él ni siquiera volteó a verla y secamente le dijo: aquí tiene la dirección del secretario Landa en Asunción. Ponga usted en un sobre el machote de la comunicación que la secretaria dirige al personal que se va a jubilar y mándela, como las otras, por DHL.

En Asunción Landa Velázquez quedó contento. Me dijo que su gran amiga, la secretaria de relaciones exteriores, desde su posición de poder, se había acordado de él. “Me llama el Conde Landa”, dijo, y ahora que se acercaba su jubilación le estaba dando un trato preferencial.

Se trataba, pensó en voz alta, de algo maravilloso que le haría la jubilación un trago menos amargo: la amistad que venía a reconfortarlo al término de su larga carrera en la administración pública. Había dedicado buena parte de su vida a servir a México en el Servicio Exterior (SEM), en donde fungió como agregado cultural en varios países: Francia, Polonia, Checoslovaquia, Panamá, Nicaragua, en donde coincidimos y en Paraguay, a donde lo llevé conmigo por sus cualidades.

Landa es un hombre extremadamente culto, erudito, y aparte de ser abogado, es un poeta de difícil lectura, entre barroco y cibernético, erótico, enemigo de la globalización, de los granos transgénicos y medio izquierdoso. Habla varios idiomas y escribe poesía en todos ellos. Conoce muy bien la historia de México y la universal, la filosofía, la filología y otras ciencias humanas. Es además, simpático, gran conversador, dueño de un fino sarcasmo y agudo crítico de las ‘vacas sagradas’ de la literatura. Viene de una familia de terratenientes de Veracruz cuyas propiedades fueron expropiadas por la Revolución, e hizo de su terruño natal, Huatusco, una especie de centro del universo mexicano, por donde había pasado ‘casi’ toda la historia de nuestro país.

El Secretario Landa esperó con ansias los tres días reglamentarios para la llegada de la carta de su amiga y, finalmente, la recibió en mano. Firmó de recibido. Entró a su despacho para dar lectura a la carta personal-urgente de la secretaria. Sacó del sobre una hoja de papel –fino y caro-, y se dispuso a leer.

Cuando terminó de hacerlo se percató que se trataba de un mensaje totalmente impersonal, salvo la entrada que decía: “distinguido y fino amigo” y luego se le recordaba lo establecido por la Ley del Servicio Exterior Mexicano en materia de jubilación y blábláblá, para concluir con un agradecimiento por los servicios prestados a México.

Dobló la carta con todo cuidado y la volvió a meter en el sobre. Quedó pensativo por espacio de varios minutos y, de pronto, comenzó a reír a carcajadas, sin parar, hasta que le dolió el estómago. Movió la cabeza de un lado al otro, tomando el sobre con dos dedos, lo observó y lo dirigió suave, pero decididamente, derechito al bote de la basura.

Nota: solicité a Landa copia de la carta de la señora Green Macías, misma que conservo.  Mostré al destinatario de tanta distinción este escrito que le divirtió bastante.

Esa comunicación me recuerda la que me hizo llegar la entonces secretaria Patricia Espinosa al término de mi vida profesional en el SEM. Cuando se la respondí le hice ver la hipocresía de los conceptos muy positivos que sobre mi persona vertió en ella, pues desde su llegada, por cierto totalmente inmerecida a ese elevado cargo (aunque era perfecta para el tipo de secretaria de despacho que Felipe Calderón necesitaba: “sí señor presidente, lo que usted ordene señor presidente…”), se dedicó junto a la subsecretaria Lourdes Aranda, a intentar destruirme, cosa que no pudieron lograr pues mi honestidad y rectitud quedaron demostradas en dos sentencias absolutorias brutales en contra de la Secretaría del Tribunal de Justicia Fiscal y Administrativa. Y a este par de señoras, en vez de darles gusto que un miembro del SEM saliera libre de “polvo y paja” del proceso, les causó gran irritación y molestia. El porqué de la tirria, no lo sé, aunque un compañero embajador me dijo que la subsecretaria Aranda, cuando alguien le habló bien de mi, dijo: “Cómo va a ser bueno Sergio Romero si es amigo de Gustavo Iruegas” (El embajador Iruegas Evaristo era el asesor principal de Andrés Manuel López Obrador en materia de política exterior).


El autor es Embajador de México en retiro.

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