I.@@CHARLA CIBERNÉTICA CON EL EMBA: UN DESENLACE TRISTE@@

¡Hola, mushahos! Espero que las festividades hayan sido gratas, llenas de amor y convivencia familiar. El emba tuvo la fortuna de pasar encantadores días con su familia, aunque la felicidad no haya sido completa por la ausencia de uno de sus hijos, el que resolvió seguir la carrera diplomática. Y se repite la historia.

Hablando de las Termópilas, dejo el uso de la voz al ínclito emba, con la advertencia de que en estas fechas anda en modo sombrío. Va.

Emba: Como sucede frecuentemente al terminar un año, me ha invadido la nostalgia. Supongo que es algo normal, pero no es mi estado de ánimo natural. En fin, por ese motivo, aunado a que el tema que voy a tratar no es de manera alguna festivo, los prevengo a fin de que no les caiga de sorpresa el cambio de tono.

También adelanto que se trata de una fracción de mi libro “Diplomata”, que será publicado a principios de este 2018 por la editorial de la UAS, mi alma mater. Sirva, pues, también esta narración, para intentar despertar su interés por dicho libro.

Esta historia empieza en 1989, siendo yo Cónsul General en Sao Paulo, Brasil. Acabábamos de realizar un memorable viaje en un barco de carga desde un puerto del sur de Brasil hasta Nueva Orleans y luego Houston, de donde continuamos por tierra el viaje de vacaciones hasta mi tierra, Sinaloa. Si quieren saber más de esto tendrán que esperar el libro.

El viaje de retorno al final de aquellas vacaciones fue por avión, con escala en CDMX. Veníamos felices, realizados, pero lo que no me imaginaba era que recibiría en la SRE una muy mala noticia: El embajador Antonio González de León, mi jefe en Brasil, estaba enfermo.

Hablé con el Jefe de Cancillería en Brasilia, mi compañero de generación y amigo de confianza, Pepe Sánchez Gutiérrez (+) y éste me puso al tanto de la delicada situación. No escapaba a mi mente el caso del presidente electo de Brasil, Tancredo Neves, quien no pudo tomar posesión del cargo porque se le agravó un padecimiento estando en Brasilia y aunque lo trasladaron de emergencia a Sao Paulo, la enfermedad lo llevó a la tumba.

Los servicios médicos de Brasilia sufrieron, justificadamente, un serio deterioro de imagen. Se decía que la muerte de Tancredo se había debido a errores médicos y la preocupación nos invadió. Se acordó trasladar al embajador a Sao Paulo de inmediato y me apresuré a regresar a fin de ponerme al frente de la tarea de su recuperación.

El embajador fue internado en el hospital Albert Einstein, no solamente por ser de los mejores, sino además porque el director era un cónsul honorario y muy buen amigo mío.

En cuanto llegamos fuimos a ver a Don Antonio y nos impresionó ingratamente su deterioro. Había perdido mucho peso y lucía demacrado. Sin embargo, su estado de ánimo era excelente, bromeó con nosotros acerca de nuestro viaje en barco, nos informó que ya le habían diagnosticado su problema, que estaba en tratamiento y en breve regresaría a Brasilia para su recuperación total. Me entrevisté con el director del hospital y éste confirmó que el embajador pronto sería dado de alta, aunque su tratamiento y convalecencia serían largos. Padecía una tifoidea perniciosa y se había tardado mucho en procurar atención médica, de suerte que para cuando lo hizo ya se encontraba muy debilitado y eso había complicado el tratamiento.

Efectivamente, a los pocos días me informaron que ya estaba listo para su regreso a la capital, mientras que en el ínterin llegó el aviso de mi traslado a Miami. Despedir a Don Antonio fue difícil para mí pues presentía que ya no lo vería antes de mi partida, como sucedió. Desfilaban por mi mente las numerosas ocasiones en que nos reunimos durante sus visitas a Sao Paulo, siempre hospedado en el mismo hotel, el Ca’doro, que tenía una de las mejores cocinas de la ciudad, con especialidad en comida italiana, que era su debilidad.

Recordaba yo cómo al llegar a su habitación se repetía siempre una rutina amistosa, consistente en un amable ofrecimiento expresado de esta guisa: “¿Me acepta usted un “pinchi whiskey?” Lo que quería decir era que traía él una botella de escocés marca “Pinch”, su favorito. Después de un brindis con esa fuerte bebida, bajábamos al restaurante. La comida o cena se volvía todo un ritual, con lecciones de parte suya acerca de los vinos italianos, especialmente un Brunello ciciliano que le era particularmente grato. También era ocasión de nutrirme de su experiencia, de disfrutar su conversación y divertirme con las anécdotas, en las que los protagonistas eran verdaderos personajes de la política, de la literatura, de la cultura y del arte, no solamente de México.

Pero lo que más me emocionaba eran sus vivencias en el ámbito de la diplomacia parlamentaria, pues no había tenido yo la suerte de vivir esa experiencia. Disfrutaba él especialmente al recordar una reunión del Grupo de Apoyo de Contadora –más tarde llamado Grupo de Río- que se había celebrado en un sitio del Estado de Sao Paulo llamado Campos de Jordão.

En aquella ocasión anduve de acá para allá tratando de atender a todos los funcionarios presentes, mientras el embajador apoyaba al entonces secretario Bernardo Sepúlveda. Mensajes iban y venían y yo me encargaba de llevarlos al salón donde se celebraba la reunión aquella. Cuando terminó ésta y se retiraban ya los cancilleres, nos encontramos Don Antonio y yo esperando que bajara Sepúlveda para abordar el autobús.

“¡Prepárese!”, me dijo, “el canciller está muy satisfecho y algo le va a decir”.

Hecho un manojo de nervios vi cuando se acercaba Sepúlveda y se dirigía a mí. Se aproximó, me extendió la mano y me dijo con singular elocuencia: “Ay nos vemos”. Casi se atraganta el embajador tratando de contener las carcajadas. Cada vez que rememoraba aquel momento, el embajador lloraba de la risa. Por supuesto que conocía perfectamente el estilo parco y casi adusto de Sepúlveda y por ello me jugó aquella broma, que al parecer nunca dejó de disfrutar.
Todo eso y más me pasaba por la mente cuando abordó el avión rumbo a Brasilia. Me quedé triste ante la perspectiva de no poder despedirme de él antes de mi partida. Don Antonio era para entonces mucho más que mi jefe, se había convertido en mi entrañable amigo; sin embargo no lo volvería a ver nunca.

Entre los arreglos para el traslado del embajador, los preparativos para la mudanza y las despedidas, el tiempo se fue volando. Acordamos viajar el primero de septiembre, sábado, una vez hecha la entrega del Consulado General al encargado y concomitantemente realizada la ceremonia de cambio de mando en la Asociación del Cuerpo Consular, la cual yo presidía.

Me tocó recibir al nuevo presidente de la asociación, acompañado del secretario, quien era una vez más mi amigo el panameño Roberto Morgan. Me entregaron la charola de recuerdo. Roberto me aseguró que nos mantendríamos en contacto, promesa muy común entre los diplomáticos durante las despedidas, pero no sucedió, como también es frecuente entre los del gremio.

Los últimos días en Sao Paulo se fueron entre despedidas, promesas de seguir en contacto, el trabajo de entrega de la oficina al cónsul que se quedaría encargado hasta que llegara el nuevo titular, así como dar los avisos de rigor a las autoridades brasileñas.

Sin mayores contratiempos viajamos a Miami, nos instalamos por lo pronto en un alojamiento temporal y me dispuse a recibir el consulado el lunes siguiente. Inquieto por la salud del embajador llamé a Brasilia el martes y nadie me contestó. Luego la llamada fue al Consulado en Sao Paulo, donde me indicaron que el cónsul encargado estaba fuera, porque había ido al hospital a ver al embajador.

Pasé unos minutos de angustia, hasta que se me ocurrió llamar a mi amigo del hospital, quien de golpe me dio la noticia de que el embajador acababa de fallecer. Dos días después me enteré de que se le había reventado una úlcera y que a pesar de que lo trasladaron de emergencia a Sao Paulo en un avión militar, no había sobrevivido el shock provocado por la hemorragia.

No lo podía creer. Era otra vez la misma historia de Tancredo Neves.

Me atormentaba el remordimiento por no haber estado ahí, como si mi presencia hubiese podido cambiar el desenlace. Fui tan sólo espectador a distancia del traslado de sus restos a México, de la ceremonia de cuerpo presente en la Cancillería, ansiaba estar allá, acompañarlo hasta su última morada, despedirme debidamente de él, pero simplemente no era posible, menos cuando acababa de agotar mis días de vacaciones y estaba recién llegado a una nueva adscripción.

¡Qué manera más lamentable de cerrar ese capítulo de mi carrera! Pocas experiencias me han dolido tanto, pocos personajes de esa talla tuve el privilegio de conocer. Vive, sin embargo, nítido su recuerdo y me enorgullece que me haya considerado su amigo. Descanse en paz.

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